jueves, 7 de octubre de 2010

Nuevo cuento puneño: Erotismo y goce en la narrativa de Javier Núñez



Por darwin bedoya


En el prólogo a «La cita y otros cuentos de mujeres infieles», la escritora Rosa Montero se detiene en una entrevista muy irritante para unos y muy excitante para otros, Montero señala: «una empresa de cosméticos italiana mandó hacer una encuesta sobre las consecuencias físicas y psíquicas del adulterio, y el trabajo arrojó unos resultados espectaculares. Al parecer, las mujeres rejuvenecen con la infidelidad; el 47% se preocupa más de su aspecto tras echarse un amante; el 28%, adelgaza y recupera la línea; el 24% asegura que su piel se vuelve más tersa y luminosa, y el 52% sostiene que la traición les da más equilibrio psicológico. Además, el 26% confiesa que no tiene ningún sentimiento de culpa: de todos los apartados relacionados con el remordimiento, este es el que obtiene el porcentaje más alto. En el caso de los hombres, sin embargo, sucede casi lo contrario. Por ejemplo, el 32% de los varones se siente muy culpable tras el adulterio; también el 32% se ven con más arrugas, y el 24%, se ven más barrigones. Se diría que a los señores les sienta fatal echar una cana al aire, mientras que a las mujeres nos pone estupendísimas». Las ideas de traición, adulterio, «canas al aire», «choque y fuga», flirteos, virginidad, virilidad, machismo, etc., van intrínsecamente relacionados con la idea de erotismo. Al igual que el concepto de erotismo está íntimamente vinculado a los misterios fundamentales de cada cultura. El arte y la literatura de cada pueblo nos hablan de la experiencia erótica desde tiempos inmemoriales, frecuentemente separados de las nociones de religión y tabú. ¿Existe necesariamente un límite entre lo erótico y lo prohibido? ¿Qué nos dice la descripción del placer y del erotismo sobre el sistema de valores de una determinada sociedad? Son preguntas que tienen que ver con los tiempos actuales y que necesariamente reflejan la condición humana y sus formas de convivencia en este nuevo mundo y su vertiginoso discurrir. Todas las grandes civilizaciones del mundo —algunas de una manera más manifiesta que otras— han mantenido teorías sobre el sexo, respondiendo a la necesidad de dar una significación al deseo y a la sed de satisfacerlo. Es el amor y el erotismo la esencia del texto narrativo que ahora nos ocupa.

¿Cuántas manos tiene un hombre cuando habla del deseo? ¿Cuántos rostros se pueden encontrar en él? ¿Cuántos sueños hay en sus noches cuando anhela el deseo? ¿Es posible apagar los fuegos interiores con palabras? ¿Es una ilusión el amor? ¿Hasta qué punto soñamos cuando no dormimos? ¿Cuántos fantasmas escritos hay en nuestro cuerpo? ¿Qué hay sobre nuestra piel cuando el deseo, la caricia y el perfume se encentran? Estas preguntas parecen residir y a la vez ser el hilo conductor del nuevo texto narrativo de Javier Núñez (Melgar-Puno, 1980) Un hombre y una mujer, una mujer y un hombre que se encuentran y se desencuentran en la intimidad son los protagonistas de estas ocho historias en las que su continente, unidad plástica, trasfondo literario, brevedad y pericia lingüística nos develan la fuerza expresiva de un autor que, al margen de modas literarias, de fórmulas preconcebidas y círculos literarios se da a conocer con este texto rotulado «Salomé y otros cuentos» (Grupo editorial Hijos de la lluvia & LagOculto editores, 54 pp. Lima, 2009). Un libro de cuentos breves y elípticos, un libro alejado de los temas andinos (excepto el cuento Salomé) y los referentes geográficos de nuestros paisajes de la sierra.

Siendo el deseo erótico el hilo del que pende y se alinea la unidad de este libro, es necesario hablar de ello. En «Salomé y otros cuentos» el erotismo no imita la sexualidad, «es su metáfora.» El texto erótico es la representación textual de esta metáfora. Con esta posición opuesta de formas de amor es que Javier Núñez nos narra historias perfumadas con un tono sicalíptico, casi como una estela que alumbra ésta su ópera prima. En estas páginas el erotismo toma en cuenta hechos de orden subjetivo, de placer, de apetito o de necesidad claramente sexual, pero también ligados al ejercicio de funciones comúnmente consideradas como no sexuales. El hombre pide, pero la mujer tiene el poder de acordar o de rehusar: «Prepárate, querido —me dijo mientras se desabrochaba la blusa, en tanto que advertí sus pechos erguidos y cubiertos con un brasier negro—. El pantalón y las bragas me los quitarás tú, porque eso es deber de los hombres». (Una noche con Pamela, p. 49) Desde el esbozo del primer paso hacia la conquista de la mujer, el hombre se desviriliza. Creemos que ahí está la clave del laberinto sexual. Hemos alcanzado, creo, la edad del «homo eroticus.» Esto ha sido posible por una conquista de la libertad que ha venido de la ciencia, la ciencia que ha hecho huir las sombras siniestras de los prejuicios, de las obsesiones, de los rituales sin rito. Poco importa si la ciencia no es extraña al proceso de difusión del erotismo: su utilización se le escapa. Precisamente Octavio Paz desarrolla la idea de que es precisamente la capacidad del ser humano para el amor y el erotismo lo que hace la diferencia para no caer en la mera sexualidad animal, cuyo único fin es la preservación del género: «El erotismo es sexo en acción pero, ya sea porque la desvía o la niega, suspende la finalidad de la función sexual. En la sexualidad, el placer sirve a la procreación; en los rituales eróticos el placer es un fin en sí mismo».

«Por el momento estamos bebiendo whisky; para empezar eso está bien. Ya vendrán los episodios de relación más íntima, porque nuestra relación de este instante es superficial, limitada a miradas, diálogos… Estamos los dos y nadie más en esta habitación, y ya se aproximan las veintiún horas. Sin duda estamos consolidando la confianza entre los dos. Debo admitir que me está comiendo con los ojos, y dentro de unos minutos ya nos comeremos en la cama». (Clara Luz, p. 12) El acto de amar no es erótico en sí; pero su evocación, su invocación, su sugestión y aun su representación pueden serlo. Siendo la obsesión sexual, manifiesta u oculta, desenfrenada o dominada, un componente, o mejor un dominante de la vida social, e ilimitado el comportamiento erótico, estaríamos tentados de buscar una definición fácil de lo que es el erotismo en el amor; por ejemplo, se podría admitir que todo lo que no es genésico es erótico. Tal vez obtuviéramos de ese modo la aprobación de los teólogos, pero esa simplificación, por legítima que sea, no nos llevaría a ninguna parte. Preferimos entrar oblicuamente en ese dominio que oculta lo que hay de más individual en el hombre. Camilo José Cela, en su «Diccionario del erotismo» señalaba que: «[…] El erotismo es la exaltación —y aun la sublimación— del instinto sexual, no siempre ni necesariamente ligada a la función tenida por sexual en el habitual uso de las ideas y las palabras. […]» Casi marcando una distancia con Cela, George Bataille calificaba el erotismo como aquella parte de la sexualidad humana que nos distingue de los animales. Visto desde este ángulo diferente, el erotismo llega a ser el aspecto de la sexualidad que no funciona solamente con los instintos. Eso lo sitúa en una posición clave de la vida humana que determina toda nuestra sociedad y sus reglas, el pensamiento o el arte. En ese entender, se le atribuye al erotismo los elementos característicos que son el amor y la sensualidad, es decir aquella forma de amor que se dirige a los sentidos.

La Pamela putísima que crea Javier Núñez, parece ser amiga íntima —¿son del mismo burdel?— de otra putita, la «Princesa inclemente» inventada por Bolaño en su cuentario «Putas asesinas» cuando esa princesita le dice a Max: «Así pues, me quito la ropa, me quito las bragas, me quito el sujetador, me ducho, me pongo perfume, me pongo bragas limpias, me pongo un sujetador limpio, me pongo una blusa negra, de seda… […] Digamos que ha sido tu danza la que ha acelerado mis movimientos. Mientras yo me visto, tú danzas. En alguna dimensión distinta a ésta. En otra dimensión y en otro tiempo, como un príncipe y una princesa, como la llamada ígnea de los animales que se aparean en primavera, yo me visto y tú, dentro del televisor, bailas frenéticamente, tus ojos fijos en algo que podría ser la eternidad o la llave de la eternidad si no fuera porque tus ojos, al mismo tiempo, son planos, están vaciados, nada dicen». Este es un fragmento de uno de los mejores cuenticos del chileno, y lleva el mismo título que el libro, «Putas asesinas»; Núñez se conecta con esta atmósfera subjetiva y sugestiva del buen Bolaño.

«El sexo es un arte —dijo— conmigo aprendieron muchos hombres… Tú estás en tu punto, te voy a enseñar muchos secretos para que seas un hombre cotizado y para que nunca te olvides de mí… […] Escucha: la primera vez que se hace es clave. Si lo has hecho bien, si la chica llegó al orgasmo, o mejor todavía a múltiples orgasmos, entonces ella jamás te dejará ni te olvidará en toda su vida…» (Una noche con Pamela, p. 51-52) El erotismo toma en cuenta hechos de orden subjetivo, de placer, de apetito o de necesidad claramente sexual, pero también ligados al ejercicio de funciones comúnmente consideradas como no sexuales. De todos modos, el contexto social, étnico, cultural tiene una incidencia demasiado marcada para que el biólogo pueda osar pronunciarse y salir de esos «límites inciertos». Sabe que la educación, el lenguaje, la tradición, el nivel de civilización, todo el medio psíquico, colaboran en las costumbres amorosas del Hombre; estimulan o inhiben, animan o prohíben, imponen o levantan «tabúes», reprimen o liberan, inspiran el pudor o excitan la osadía: «Mientras permanecía desnuda y con las rodillas levantadas, él se quitó la ropa raudamente pero no sus gafas. Me acomodó sin dejar de acariciarme y me hizo el amor con furia imparable y movimientos cada vez más rápidos. Mientras pecamos él se animalizó, ambos nos animalizamos en realidad… Tuve tres orgasmos intensos. Definitivamente fue mi mejor noche…» (Una noche inolvidable, p. 43). Como afirma Octavio Paz, a propósito del erotismo, «nada más natural que el deseo sexual, nada menos natural que las formas en que se manifiesta y se satisface. En el lenguaje, y en la vida erótica de todos los días, los participantes imitan los rugidos, relinchos, arrullos y gemidos de toda especie de animales. La imitación no pretende simplificar, pero sí complicar el juego erótico y así acentuar su carácter de representación». Esto implica que el erotismo, presupone una «sexualidad socializada y transfigurada por la imaginación y la voluntad del hombre», cuyo elemento distintivo es el placer concebido como un fin en sí mismo. Así pues, mientras que la sexualidad aparece siempre uniforme e invariable, el erotismo, por el contrario, conforma una experiencia polimorfa y cambiante que se manifiesta en una vasto y complejo universo de «objetos del deseo», tan rico y diverso como lo sea la propia capacidad inventiva del sujeto deseante. Los polos de atracción, ciertamente, pueden ser reales o ficticios, cosas o personas, efímeros o sempiternos. El amor, por su parte, es un sentimiento intenso en el cual convergen al mismo tiempo la seducción fatal y la libre elección. En el caso de la pasión amorosa, el erotismo, en tanto que componente primigenio y nutricio del amor, se concentra y decanta en esa tríada enigmática que es la atracción —obsesión— devoción suscitada por una sola persona: él o ella: «No perdiste tiempo, seguiste echando leña para tenerme calientita, y de pronto me dijiste: ‘vamos al baño.’ Al entrar me desvestiste rápido, me desabrochaste el brasier y me lo quistaste al instante. Besaste mis pechos erguidos; yo gemía y cerraba los ojos. Te despojaste de la chaqueta y la camisa. Me arrimaste a la pared, me subiste un poco la minifalda y me quistaste las bragas, maldita sea…» (El retorno de Zoraida, p. 19), o la ascensión gradual de los actos sexuales tácitos: «En eso advertí que una chica me llamaba sentada en la silla, completamente desnuda y con las rodillas abiertas … Me acerqué a ella y nos sumamos a la fiesta carnal. Se movía como las sirenas y gemía como las lobas… No olvido su carita de virgen ni sus cabellos dorados». (Una intimidad con Shirley, p. 28). Cuando el erotismo se sublimiza se convierte en materia y motivo literario, en oposición a la literatura erótica y a la pornografía literaria. Es así que el erotismo se construye a través de formas narrativas que pueden ser poéticas, noveladas o ensayísticas, para convertirse en una escritura sobre el deseo, mostrándose en contradicción al expresarse como sensibilidad y belleza, o manifestarse como provocación y violencia, siempre en una actitud transgresora. Diferente propósito persigue la escritura erótica donde se alude a la posible concreción del deseo desde otra vertiente no esperada. Si bien el erotismo en «Salomé y otros cuentos» se insinúa, el clímax no reside solamente en las palabras, sino en el lenguaje bien realizado. El erotismo requiere una evolución en las formas y una adquisición de grandes espacios de libertad para el individuo. Sólo en ese contexto la relación sexual se convierte en un juego, en un teatro, en una ceremonia, en unos ritos, y adquiere una connotación artística como las escenas de «Salomé y otros cuentos». Esto no se da en culturas muy represivas ni muy reprimidas, y por supuesto, no se da en sociedades primitivas. La tradición erótica presupone un elevado nivel de civilización, tal vez un tanto porque tenga que ver con el amor. En esta interrelación del amor, el erotismo y la literatura se observa a través de las obras y de la crítica examinada, una convergencia con respecto al carácter trasgresor y a la esencia humana de lo erótico y en sus diversas formas de imaginarios artísticos en el tratamiento histórico-literario. En fin, las representaciones literarias del erotismo y de lo erótico en las obras contemporáneas, unido a otros temas considerados trasgresores como prostitución, marginalidad, homotexto, imaginario femenino o la sexofilia, son protagonistas tanto en obras del campo teórico como de las construcciones literarias post-modernas.

Las acciones de «Salomé y otros cuentos» siguen un ritmo cíclico, marcado por la actividad sexual consumada o sugerida y la subsiguiente laxitud; los simbólicos ascensos y descensos de los lugares (hoteles, habitaciones) donde culminan las escenas de máximo placer carnal. A nivel formal, erotismo y literatura muestran fenoménicamente el estado fluido y prenaciente de la prosa literaria; el lenguaje metamorfosea la realidad creando una surrealidad en la cual la fantasía, el sueño, la hipérbole y todas las fijaciones obsesivas del inconsciente, adquieren un dinamismo inagotable e irreductible a la linealidad del texto. Ello determina la estructura «en movimiento» de la obra y el paulatino triunfo de lo irracional sobre lo discursivo, del impulso y voluptuosidad de la escritura, sobre la ilusión ficcional. Actividad sexual y escritura llegan a identificarse como flujos y reflujos de un mismo ciclo vital casi parodiando a los clásicos cuando escribieron sus grandes sueños en novelas y cuentos ya consagrados no por el hombre o la crítica, sino por el tiempo. Los referentes más cercanos de Javier Núñez son el viejo García Márquez, el extinto Benedetti, tal vez por ahí la narrativa breve de Bolaño y, por supuesto, el peruano Vargas Llosa. Sin embargo la prosa de este libro, deteniéndonos en el eje temático, por momentos alude a un Nabokov y su clásica «Lolita», a un Bukowsky, a un Pérez Reverte o al Haruki Murakami de «Tokio Blues», inclusive al Philip Roth de «El teatro de Sabbah» y quizá, implícitamente por lo de García Márquez y su «Memoria de mis putas tristes», al ya legendario Yasunari Kawabata y sus putitas bellas, dormidas en los ojos del viejo Eguchi. Sin duda, con este libro, Núñez empieza a alejarse del puritanismo y estaciona su discurso en un panorama narrativo donde antes había cierto «silencio», él aparece ahora con sus aires de perturbador, sin necesidad de hacer llegar a la excitación a sus lectores. Sólo perturbándolos. Luego de estos referentes, podemos añadir también que en la narrativa de Núñez confluye alquímicamente el tema erótico y además, en buena medida la construcción de los personajes, la identidad que le da a cada uno de ellos. (El retorno de Zoraida) Fluye el punto de vista del autor sobre el discurso, se da la focalización en el asunto. (Clara Luz, Débora Rojas, Salomé) El narrador locutor se desenvuelve acorde a la atmósfera. (Una intimidad con Shirley) El tiempo narrativo se inmiscuye con la trama. (Una noche inolvidable) Es decir, el estilo del narrador Núñez va alcanzando un corpus que lo va identificando, aunque claro, lo del estilo es progresivo, pero él ha sabido marcar una distancia con lo que es un inicio y lo que es el conocimiento plasmado del arte de narrar.

Este libro es un viaje casi lúdico a través de los términos «amor» y «erotismo». El autor no solamente quiere llamar la atención sobre unas palabras de uso cotidiano que resultan ser más escurridizas a la hora de fijarlas, sino también, quiere invitar a los lectores a elevarse por encima de su propia restricción para contemplar el Eros originario, más allá del tiempo y la distancia, para así acceder mejor a las costumbres del momento que se expresa en la comunicación interhumana. Con este libro de prosa límpida y estupenda, Javier Núñez marca el trecho temporal entre hoy y los narradores puneños anteriores, que hay que leer bajo «circunstancias alternantes» históricas. Ya estamos esperando los siguientes libros que ha anunciado Javier Núñez, mientras tanto, que «Salomé y otros cuentos» nos sirva de indicación para no cometer el mismo error de dejarse limitar por la propia situación histórica y las circunstancias pretéritas en las que andaba la narrativa puneña anterior.


BIBLIOGRAFÍA:

Bataille, George: «El erotismo» Tusquets Editores, Barcelona, España, 2000, 155 pp.
Bolaño, Roberto: «Putas asesinas» Anagrama, Barcelona, 2001, 225 pp.
Cela, Camilo José: «Diccionario del erotismo» Grijalbo, Barcelona, España, 1988, 453 pp.
Chevalier, Juan: «Diccionario de los símbolos» Editorial Herder, Barcelona. 1986, 322 pp.
Montero, Rosa: «La cita y otros cuentos de mujeres infieles» Alfaguara, España, 2000, 286 pp.
Paz, Octavio: «La llama doble. Amor y Erotismo» México, Seix Barral, 1993, 221pp.

viernes, 1 de octubre de 2010

La última vez

(Cuento)

Darwin Bedoya

A la abuela Panena, arriba, en algún lugar de la inmensidad celeste.

Seguro que estarás cansado, intentando agarrarte de las pocas fuerzas que te quedan. A esta hora seguramente que ya habrás tomado tu acostumbrado trago de alcohol para ahuyentar los males. Y lo más seguro es que ahorita mismo estarás abrigando tu reuma con los mantones que le robaste a la abuela Casilda. Ahora que el cielo es imperfecto y la noche se está haciendo cada vez más oscura; no cabe duda que ya habrás mirado hasta el cansancio la esquina más importante de tu cuarto. Seguro que habrás sonreído mientras se apagaba la candela de tu fogón, y tus ojos no habrán podido soportar el peso del sueño, y estarás dormido, completamente dormido. Cuántas veces estuviste frente a mí así de inofensivo. Cuántas veces se me cruzaron por la mente oscuros pensamientos y sentí ganas de darle alguna alegría a la gente de Tulinto. Fueron muchas veces que, a propósito, llegué bien entrada la tarde hasta la ramada de la Casa Grande, y ahí, en el patio, descargaba la leña que diariamente conseguía en los cerros y en las quebradas, después me asomaba con prisa a la rendija que un día de casualidad descubrí, desde allí te contemplaba. Durante muchas tardes pude verte a través de esa rendija. Por eso sabía todas las cosas que hacías en tu cuarto una vez que trancabas la puerta. Pero lo más interesante era que también sabía en qué lugar del cuarto escondías toda la plata que un día dije: "tarde o temprano todo eso será mío". Porque yo sabía cómo te habías ganado todita es plata. No sé cuántas veces, después de haber descargado la leña, vi la puerta entreabierta y me atreví a entrar hasta donde estabas dormido. Me paraba delante de tu cama escuchando el estruendo de tus ronquidos. Te miraba muy lejano y después de tantos cerros, gritando mi nombre, buscándome con tu látigo chispeante. Te miraba tan serio tan dormido, y era en ese justo momento que recordaba que yo era tu nieto. Entonces salía de tu cuarto, agachado y en silencio, con un palo grueso de guarango entre mis temblorosas manos. Sería en la temporada de escasez de forraje cuando vi a Joselo, el hermano de Tinalia, pasó llorando por la quebrada en la que yo buscaba leña. Me acerqué hasta él para preguntarle el motivo de su incontenible llanto; pero después de haberle hecho varias veces la misma pregunta, la única respuesta que obtenía era más llanto. Luego veía que se alejaba mirando hacia atrás, mirando hacia tras. Y fue en ese momento en el que pude recordar que muy de mañanita había pasado rumbo al río, creo, con varios corderos por delante. Estoy casi seguro de que eran quince, incluidos los maltoncitos. Ahora que Joselo ya debe estar lejos, en ningún momento vi que el perro que llamábamos "Tumbacerros" regresaba detrás de él. Inmediatamente pensé en el abuelo Julián. Enseguida llegó también a mi mente la cara que pondría Tinalia al ver llorando a su hermano y encima, sin un solo cordero. No sé por qué presentí que esa sería la última vez que mi abuelo robaba. Joselo sabía que yo estaba muy interesado en su hermana. Que fueron un montón de veces las que junté un atado de leña para regalárselo a ella. Joselo también sabía que Tinalia me correspondía, por eso me enviaba con él, bien envuelto en un mantel, las cosas ricas que ella cocinaba, especialmente cuando no estaban sus padres. Pero ahora estaba preocupado en la reacción que tomaría Tinalia al comprender que ya no tenían ningún cordero. ¿Qué le dirían a sus padres cuando lleguen de Pampalarga? ¿Cómo iban a sustentar la pérdida de quince corderos, o mejor dicho, de todo el escaso rebaño? Eran esas cosas las que estaba pensando mientras corría por un atajo hasta llegar cansado donde Tinalia, antes que Joselo y su llanto. Conversé rápidamente con ella, le hablé de unos planes que al principio no quiso aceptar. Finalmente, terminó diciendo que sí, que aceptaba la idea que le había dado. Yo creo que nunca debió pasarle esa desgracia a Tinalia. Creo que estos sucesos debieron ocurrir en otro sitio, menos en Tulinto. Estoy convencido de que mi abuelo actuaba así por algún extraño motivo que hasta hoy no he podido averiguar, pero sí estaba convencido que todas esas actitudes obedecían a una venganza de hace muchos años atrás que la abuela Casilda alguna vez me contó a medias. Tal vez por eso ahora la gente en Tulinto había sacado sus propias conclusiones. Debo reconocer que se parecían mucho a las mías. Eran muchos los que decían que ya era hora de ajustarle cuentas a don Julían. Que no era la primera vez que se perdían corderos o toros. Eran más de treinta veces que todo un completo rebaño de corderos desaparecía. Y lo más grave era que en todos los casos las huellas desaparecían justo en Cerro Verde, exactamente donde empezaban los inmensos terrenos de mi abuelo Julián. Esa noche olvidaste trancar nuevamente la puerta; yo llegué muy cansado porque había traído dos tercios de leña, más de lo acostumbrado, y es que al día siguiente no pensaba hacer esa tarea. Tenía otros planes. Ahora estaba delante de ti gastando mis ojos en ver tu rincón especial y mirándote a ti. Tal vez por eso no me di cuenta que algo extraño pasaba: no roncabas como era costumbre. En tu cuarto había mucho silencio y hasta parecía que se podían escuchar tus sueños. Por un momento contemplé la nieve de tu cabello, tus arrugadas manos sosteniendo un sombrero lleno de sudor y agujeros. Miré también tus pies descalzos y gruesos y enormes. Estaba distraído mirándote y no sentí que alguien se acercaba con pasos lentos hasta tu cuarto. Traté de salir antes de que me vea quienquiera que fuese la persona que se estaba acercando; pero ya era muy tarde. Lo único que hice fue sacarme el sombrero y pararme a un costado de la puerta. Enseguida comprendí los pasos lentos, era la abuela Casilda, tu mujer, que traía entre sus manos un mantón. Te miró dormido, te cubrió con el mantón y, antes de abandonar el cuarto, me acarició la frente y las mejillas con sus ásperas manos. Luego se fue sin decir una sola palabra. Fue en ese mismo instante cuando tu fogón se apagó y empezaste a roncar. Entonces salí, junté la puerta y me fui a dormir. Seguramente que para esa fecha yo tendría entre catorce y quince años, por eso es que no podía destrancar el seguro del corral donde tenías los mejores corderos, aquellos que seleccionabas de acuerdo al tamaño y la gordura y, a veces, de acuerdo a la raza. En ese corral no habría más de veinte corderos, era lo mejor que habías escogido, lo mejor que sabías robado. Estaba que sudaba y temblaba cuando vi que se acercaba tu enorme perro chascoso llamado "Cascahuesos". Miró cómo destrancaba el corral, miró cómo te robaba los mejores corderos. Le llamé por su nombre y se recostó a un lado del corral. En otras circunstancias me habría destrozado con sus enormes colmillos, habría guardado una parte de mis restos entre la tierra y cuando el hambre lo hubiese molestado, me habría terminado completamente como pasó con muchos desgraciados que pasaron cerca de Cerro Verde. Por suerte, "Cascahuesos", era mi amigo y no sabía que te estaba regalando, tal vez, el peor de los disgustos para salvar y contentar a Tinalia. Terminé de trasladar los corderos y de borrar las huellas justo cuando don Alejandro, el hombre que era tu brazo derecho, apagó su fogón y terminó de cantar como todas las noches, las mismas canciones, la misma horrible voz que regresaba de la noche y te hacían quedar profundamente dormido. Clarito recuerdo que fue un día domingo que llegamos con Tinalia hasta Cumilán teníamos dieciocho corderos, todos estaban en venta y no tenían el precio que seguramente mi abuelo ya les había puesto. El caso es que nadie nos quiso comprar los animalitos. Decían que cómo era posible que unos niños estén vendiendo tantos y tan buenos corderos; otros decían que era un poco sospechoso y que tal vez eran robados, otros decían simplemente que no tenían plata. Entonces tuve que inventar una historia triste, muy sentimental. Por eso es que ya cuando la tarde se hacía oscura encontramos un cliente que sí aceptó hacer el negocio, inmediatamente fuimos con Tinalia a traer los animalitos del sitio donde lo habíamos dejado guardados, porque no íbamos a estar de aquí para allá con los corderitos y todo el mundo mirando, ah, eso sí, llevamos el más grande como muestra. Finalmente, teniendo la plata en nuestro poder, nos fuimos a un sitio especial del pueblo para hacer algunas compras que estaban dentro de nuestros planes. Yo estaba emocionado de estar tan cerca de Tinalia y ella estaba muy agradecida conmigo. Nunca olvidaré que esa noche dormimos bien calientitos. Al día siguiente, muy temprano, contamos una y otra vez toda la plata. Jamás habíamos tenido en nuestro poder tanta plata. Creo que nos asustamos un poco, sobre todo yo, pues ya estaba mirando la cara de mi abuelo y especialmente la de don Alejandro seguro que a esta hora don Alejandro estaba en el corral, delante de mi abuelo, jurándole encontrar al ladrón, jurándole buscarlo, encontrarlo aunque sea en el último rincón del mundo. A nuestro regreso, cuando llegamos a La Peña de las Águilas, el lugar más alto de la zona, me sorprendí al ver desde allí una inmensa humareda, era una columna oscura muy alta que justo se elevaba desde Cerro Verde, y para ser más exactos, esa mañana juré que el humo salía de la Casa Grande. Bajamos la ladera a toda prisa. Y hasta nos olvidamos de todo lo conversado en el camino: lo que yo le diría al abuelo y lo que Tinalia les diría a sus padres. Es decir, lo olvidamos absolutamente todo. Una vez que llegamos a la pampa de los caminos partidos. Tinalia tomó el camino que la llevaría a su casa y yo seguí por el camino más ancho y mejor arreglado que conducía a Cerro Verde. La Casa Grande estaba allá arriba. Subí pensando mil cosas y con el humo enredándose en mi cara. Nadie andaba por esos lugares y eso empezó a causarme un cierto temor. Continué subiendo y en ese afán sólo escuchaba el zumbar de cosas que se quemaban. Había un olor a quemado por todos lados. Lo primero que hice fue acercarme el cuarto de mis padres, todo estaba negro, carbonizado, salía humo, grandes cantidades de humo. Los techos habían desaparecido igual que las puertas y ventanas; lo único que quedaba eran algunas paredes chamuscadas. Entonces pensé en el abuelo, en su cuarto que estaba en la parte más elevada de Cerro Verde. Hasta ese momento no sé si mis ojos estaban mojados por el llanto o por la espesura del humo. Tampoco sentía que las brasas me estaban achicharrando los pies. Llegué al cuarto del abuelo y todo era lo mismo: sólo paredes derruidas, chamuscadas. Cuando mis piernas me abandonaron, caí. Creo que estuve llorando una eternidad. Comencé a esparcir las cenizas, estaba derramando cenizas por todos lados, y entre esas cenizas confundidas con tierra logré hallar, sin proponérmelo, el enorme collar que un día antes vi que brillaba en el cuello grave de "Cascahuesos". Creo que después de llorar frente al cuarto donde viví con mis padres, quedé dormido. En Tulinto también había humo y fiesta. Dicen que todo el día y la noche la gente del pueblo estuvo reconociendo sus corderos, sus toros. Dicen que sobró muchas cabezas de ganado. Que no tenían dueño. En ese grupo seguramente estaba el ganado de otros lugares, los que sí le pertenecían a mi abuelo y los que habían logrado reproducirse en Cerro Verde. Dicen que los tulinteños habían traído presos a los hijos y hermanos del abuelo. Dicen que la carne de gente no se quema rápido. Lo último que recuerdo es que me dijeron que a los que ya agonizaban les preguntaban por el abuelo. Querían saber dónde estaba el culpable. Tú estabas muy lejos de allí, demasiado lejos. Habías corrido toda la noche y todo un día en tu caballo. Habías llegado al cuartel de San Jerónimo y allí convenciste al Capitán Jiménez de ir a Tulinto, y él te creyó que todo el pueblo te había robado, que te tenían envidia, que los estabas denunciando porque habían secuestrado a tu mujer, a tus hermanos y a tus hijos. Además, creo que lo que más convenció al Capitán Jiménez fue cuando le dijiste de que si no iba con una buena cantidad de soldados y castigaba a los tulinteños, ya no le proporcionarías carne para su regimiento, que ya no le venderías carne fresca y barata. Creo que eran los cuartos de maíz y de trigo que no terminaban de quemarse, porque tres días después cuando yo aguardaba a Tinalia debajo de las sombras de unas chilcas, pude ver una columna de humo que persistía en el horizonte, allá en Cerro Verde. Desde temprano estaba esperando a Tinalia y fue en ese justo momento cuando un par de pirunchos peleaban en las ramas de un guarango, volví la mirada para reírme de esos pájaros y por encima de los guarangos más altos divisé una polvareda, me entraron las dudas y levantándome corrí hasta La Peña de las Águilas, no logré subir muy arriba, casi desde unos treinta metros de altura pude ver claramente que una tropa de casi un centenar de soldados venía rumbo a Tulinto. Ahora han pasado más de diez años desde aquel día en que tú mirabas desde La Peña de las Águilas cómo moría la gente y cómo se llevaban muchos presos. Algunos nunca más salieron con vida de esas prisiones que tú nunca conociste; otros salieron enfermos y acabados y lo peor era que no sabían a dónde ir, ya no estaban sus mujeres en el pueblo, y si algunos lograban encontrarlas, estaban con otros maridos y tenían otros hijos. Tú no debes saber que Tinalia tiene tres hijos y que ninguno de ellos es mío. Ahora me están doliendo fuertemente tus canas porque todo este tiempo he vivido ayudando a la única que logró escapar de las torturas de aquella vez en Tulinto. Todo este tiempo yo he acompañado a la vieja tristeza de la abuela. Todo este tiempo yo y la abuela Casilda hemos mendigado, apenas nos ha alcanzado para comer el poco dinero que gano vendiendo leña. Mientras que tú has estado viviendo solito en Cerro Verde. No sé exactamente de qué estarás viviendo. Parece que no te alimentas de nada. A tus más de setenta años de edad, apostaría a que no pesas más de cuarenta kilos. Recuerdo que a pesar de todos los pesares, hubo muchos mediodías en que la abuela me enviaba bien envuelto en un mantel algo de comida para ti. Puego recordar claramente que nunca llegué hasta Cerro Verde con ninguna comida y tú debes sospechar dónde dejaba esas comidas. He oído por ahí que la gente dice cómo es posible que vivas sin comer durante semanas enteras. Y hasta yo me he hecho la misma pregunta. La última vez que te vi realmente dudé que fueras tú, pero luego te pude reconocer: la misma voz, el mismo porte y los mismos gritos dirigidos hacia mí. Sin embargo ese cuerpo no es de ti. No recuerdo la fecha en que te vi como un fantasma. Tal vez fue la noche que por tercera vez olvidaste la puerta de cuarto entreabierta. Ahora recuerdo con mayor claridad, porque me dije que esa sería la última vez que te vería dormir. Cuando descargaba la leña, todavía desde el patio pude oír una especie de voces. Cuidadosamente dejé la leña para ver con quién conversabas. Y al mirar por entre la misma rendija pude comprobar que estabas sólo y dormido. Entonces lo comprendí todo. Llegué hasta tu presencia dormida. Había un muy grande silencio en todo tu cuarto, y ahora sí se podía escuchar todo lo que estabas soñando. Tu cuerpo ha perdido aquel vigor de antaño. Ya no eres tú, parece que en tu cuerpo ya no vive aquel que dobló mi camino. Pesas como veinte kilos, y eso lo puedo comprobar ahora que te estoy cargando en mis espaldas. Justo frente a este río estoy recordando a Tinalia y sin querer, a sus hijos que no se parecen a mí. Ahora que estamos empezando a cruzar el río que separa los linderos de tu tierra y la de Tulinto, recuerdo que tú hiciste sufrir mucho a mis padres, recuerdo que fueron un montón de veces que maltrataste delante de mí a la abuela Casilda y que yo no debí decir nada. Recuerdo también que mis padres me dijeron que don Alejandro intentó matarte muchas veces porque tú lo tratabas como a un maldito esclavo y que si yo trabajaba para ti, era para cuidar tus espaldas; tus espaldas que nunca cuidé. Recuerdo que la abuela Casilda me narró que cuando don Alejandro te avisó que mucha gente venía con candelas de Tulinto y tú escapaste, él te pidió harto dinero y no tuviste más opción que dárselo para que se fuera por una ruta opuesta a la tuya. Recuerdo que la última vez que regresó don Alejandro, tú no le quisiste dar más dinero y por eso te dejó casi ciego. Ahora que la corriente del río está más fuerte y que tú estarás pensando que ya estamos llegando a la otra orilla, se me han venido a la memoria un montón más de recuerdos, especialmente de las veces que estuve mirándote en tu cuarto, especialmente recuerdo en qué esquina de tu cuarto tienes enterrado la plata. El agua está helada y la corriente es cada vez más fuerte. Recuerdo que tú me cargabas, cuando yo era pequeño, para atravesar este mismo río. Ahora parece que no pesas casi nada. Estoy llegando, finalmente, a la otra orilla del río donde está sentada la abuela Casilda con varios atados de plata a su costado. Cuando logro salir del río siento que tus recuerdos ya no pesan nada. Siento que la abuela Casilda me jala del brazo izquierdo y se despide de mí, mientras veo mojarse tu nombre por última vez, mientras alguien grita ¡Benjamín! ¡Benjamín!. No sé si el tiempo y tú sean una misma cosa, tampoco sé por qué se escuchará tu voz hasta aquí. Por qué me estarás llamando, tal vez estés cansado, intentando agarrarte de las pocas fuerzas que te quedan.

viernes, 8 de enero de 2010

La ficción lírica en "Es que hacías tanta falta"



Escribe: Walter L. Bedregal Paz

Durante un buen número de los últimos años, la mirada y atención de los lectores, especialmente puneños, ha estado centrada en la poesía escrita por las hornadas nuevas, con gran interés en la llamada Generación de Fin de Siglo, sin embargo, la narrativa estuvo un tanto alejada de la puesta en escena, casi como condenada a un espacio de marginación literaria, a pesar aún de los trabajos narrativos plasmados por las voces, diríamos, en alguna medida, mayores o con más transición de autores puneños (el caso Padilla, como solitario narrador considerable). Los antecedentes narrativos, en este caso del cuento, no tienen mayores referentes, los textos cuentísticos que se conocen son realmente escasos y/o sin valor literario, plagados de improvisación, de autores con temor por hacer conocer sus textos; si alguien escribe por ahí, es un completo desconocido, y es que no hay medios que tengan el espacio necesario para su difusión, salvo la brevedad de milímetros que le pueden dar las revistas de literatura en Puno. Esa tal vez sea la explicación de los pocos cultores de este género.

En el otro lado de la página, de los resúmenes emotivos sin meditación y muy alejado de la improvisación, nos sorprende el logro del texto literario en Es que hacías tanta falta, texto del escritor Darwin Bedoya (Moquegua, 1974), con el cual obtuvo el Tercer Premio en el Concurso Nacional de Cuento “Premio Regional a la Cultura”- 2006, convocado por ELECTROPUNO S.A.A. Una persistencia de búsqueda casi alcanzada en la significación estética, estructural y poética parece haber confluido en esta historia llena de magia y vigor imaginativo, a través de los cuales se podrá notar una voluntad enorme de la organicidad del discurso y la postulación a la imaginería inteligible de sucesos sin fisuras, como un primer rasgo que se puede embanderar el autor. En el universo narrativo de Es que hacías tanta falta encontramos una voz lírica que va desenvolviendo el pasado para encontrar los nuevos días, las horas llenas de una muy grande soledad que vive la protagonista de esta historia.

La trama se va realizando lentamente y en un tono bastante poético, pero marcando un registro de escritura intertextual y con la convocatoria de las diversas imágenes que no hacen otra cosa que darle al texto el halo de una atmósfera fantástica: “El gato negro que nunca comía nada, seguía mirándola como un centinela desde la pared, sus ojos parecían dos antorchas rojizas. Daba la sensación de que él la hacía dormir con la mirada, por eso, cuando quedaba dormida, él se acercaba sigilosamente, lamía sus blancas manos y luego se doblaba como un arco iris tratando de enredarse en los largos cabellos de la dormida. Varias noches hizo lo mismo, y en todas terminaba perdiéndose allí, desaparecía misteriosamente en los cabellos de Quiela. Ella tal vez soñaba que dibujaba un gato en sus faldas.” Esa imaginería verbal es un soporte sólido llamado lenguaje literario, el que esta vez aflora con un matiz de ternura, el mismo que delata al poeta Bedoya.

A veces parecía irse al mirar por la ventana. Es la frase que principia el texto y que nos conduce de lleno a la trama de una historia basada en el increíble sentimiento de una muchacha que termina volviéndose loca de amor (la locura que ella alcanza es de la pérdida de la lucidez de las cosas que solía hacer) por un tipo que no está, ni estará con ella en la realidad de su mundo. Quiela, la protagonista del texto, es el hilo conductor de esta historia llena de fabulaciones y fotografías que sorprenderán al lector. La historia está dividida en dos partes, en la primera es posible percibir a una artista repleta de ansiedad y pena incontrolada, todavía gozosa de su lucidez artística pues, durante la noche comienza a pintar los cuadros más impredecibles que con el paso de las horas parecen hacerse realidad. Pero Quiela va adquiriendo con lentitud un cuerpo abandonado que mientras va pintando, busca la soledad de su habitación donde ocurren hechos realmente extraños. Su alcoba, es también, el espacio silencioso en el que cada vez que llega la parte oscura del día construye un único rostro, “Quiela tiene esa manía de apagar completamente las luces cuando la madrugada es inminente” seguramente para encontrar en sus vacíos aquella imagen que no se borrará jamás de su mente, y gracias a la cual irá alcanzando hasta el último día de su vida ese estado de locura imparable, pero angelical y única.

En la segunda parte, aparece la voz de aquel que se marchó, que por los rastros, demasiado notorios, está en el otro mundo; tan lejos y tan cerca de Omate, “Soñaba, tal vez, con la llegada de alguien o con una señal que pudiera encontrar en sus raros sueños, sobre todo aquellas tardes que rebosaban de presagios porque las cosas frágiles empezaban a moverse lentamente, mientras las flores adquirían un nuevo color y el pasto crecía incontenible debajo de los montes omateños de duraznos”. Ese espacio geográfico de la costa peruana es el escenario donde ocurren la mayor parte de los acontecimientos; contrariamente a la escena única en que se sabe, casi como un flash, del lugar donde se encuentra Fernando, en esas nubes al sol, tal como reza el epígrafe tomado de una canción mexicana que sonó en los años noventa. “Lejos de allí, casi a una distancia incalculable, alguien no le ha quitado la vista. Son unos grises ojos, están leyendo unas hojas que su huesuda mano sostiene. (…) La puede ver (a Quiela) a través de esas hojas ahuecadas, desgastadas; camina de un lugar para otro hasta perderse lentamente en el nacimiento del alba”; sin embargo, a pesar de su ausencia, todo el tiempo ha estado pendiente de ella, ha estado siguiendo minuciosamente los pasos de la muchacha. Fernando, el casi culpable de la historia y la locura de Quiela, es el de la voz poética que convierte al texto en una fusión de poesía y prosa, dos lenguajes que se apoyan en una historia clásica de amor y muerte más allá de la eternidad, como se puede leer en las líneas finales del texto, quedando tácitamente anunciado el reencuentro de dos locos. Por eso es posible verla ahora subiendo por esa desvencijada escalera que no soportará la levedad de su cuerpo. Su mirada semidormida está clavada en la cima de los millares de peldaños que le faltan escalar. Escucha el canto de grillos por doquier y cuando cierra los ojos imagina cientos de luciérnagas alumbrando sus pasos en la gradería. En su espalda, de alguna manera atada, lleva la muñeca que un día encontró entre los deshechos. Y en su rostro hay una sonrisa que pronto se tornará en una carcajada que en algún lugar sus ancianos padres, viendo los dibujos en el espejo, volverán a escuchar y comprenderán que por fin, Quiela, ha descubierto la manera de encontrar al ausente.Así concluye esta mágica narración que desde el título parte con la ternura y la prosa poética de nivel considerable.

La vitalidad imaginativa del autor nos muestra en Es que hacías tanta falta, las estrategias deductivas, inductivas y abductivas de argumentación, las cuales seguramente formulan inferencias derivadas del reconocimiento de improntas, síntomas e indicios de lo que puede ser considerado como un cuento. Y es que el texto en mención posee un espíritu del cuento clásico, también tiene un apreciable tratamiento lúdico y experimental que de alguna manera es, como todos los cuentos, la iniciación de la escritura de la novela y es que va construyendo con cuidado, un efecto lleno de incidentes combinados estratégicamente con ideas preconcebidas. Como en el siguiente fragmento: “Hoy no, Quiela no está más. Ni en el banco del patio, ni en su habitación. Tampoco en esos paisajes. Son otros lugares donde se refleja su rostro. Otras tardes guardarán ahora sus ojos, ya no se perderá horas y horas en la huerta escribiendo en la corteza de los duraznos, las higueras, los sauces, los álamos y los manzanos, esas frases repetitivas; y hasta quizá nunca más vuelva a repetir aquellas palabras que solía decir antes de hacer cualquier locura: Es que hacías tanta falta, como justificando sus actitudes o cuando entendía que algo estaba pasando con ella, algo extraño comenzaba a cambiarla y ya no se reconocía con lucidez.” O la siguiente escena ubicada casi a la mitad del texto, también posee una previa construcción de estructura y composición fantástica: “Ahora por ejemplo, está disfrutando de un paisaje que ha sobrepasado los estilizados esbozos que se contemplaban en el espejo, reflejados en collages y encáusticas, en ellos Quiela camina feliz. Está en un jardín recogiendo flores de todos los aromas posibles. Los tulipanes y las epifitas bromelias de todo color, las poncianas y su sombrilla emulando paraguas naturales, algunas heliconias cerca del riachuelo que atraviesa el lugar pintado, son las favoritas en aroma y belleza. Ella tiene en su brazo un cesto. Un sombrero rojo se puede ver cubriendo sus negros cabellos. Una sonrisa, típica en ella, se nota en la distancia. Esas hojas, el padre, las doblaba cuidadosamente y las guardaba entre su camisa y en las noches, en su cuarto, de tanto mirarlas, asombrado veía cómo se perdían entre sus propias manos.”

Todo ese derroche de ficción hace que al final el texto íntegro alcance una lectura con potencialidad escrituraria y manejo de construcción estructural que hacen de la historia un todo completamente interconectado.

El lenguaje narrativo de Bedoya empieza a distinguirse por esa habilidad para contraponer realismo e ilusión con lo que genera esa atmósfera que conjuga elementos de la prosa y la lírica; en una primera instancia nos atrevemos a postular que los textos siguientes serán de una lectura obligatoria para poder confirmar lo que en estas líneas se está mencionando. El lenguaje que emplea el autor, así como los eventos que va describiendo, casi obligan al lector a refugiarse en la estética y la simpleza de un discurso clásico y moderno a la vez, a esconderse en la sensación de soledad y vacío, más que de desesperación, igual sucede con la creación de las sub-ficciones que están constituyendo la ficción mayor, la de Quiela y su mayor ilusión nunca mencionada en el cuento: encontrarse con Fernando o, el otro dato que tampoco se menciona en toda la historia: la locura de Quiela; y justamente ese tácito entendimiento de esos dos hechos, que son muy vitales en el texto, constituyen el sentido general de la historia narrada.

Al concluir, podemos hallar aspectos relevantes en Es que hacías tanta falta, por ejemplo la ausente expresión dialógica, el derroche de la creación de ambientes ficticios, la soledad, los personajes angustiados apenas descritos, el paso del tiempo, la incomprensión del mundo y la vida de viajes eternos. La reiterativa incursión de los viajes que hace el narrador a las tormentas interiores, nos muestran una vez más, que la desolación, muchas veces marca ¿el equilibrio? de la vida. En resumen, Es que hacías tanta falta, es un cuento de tono esencialmente lírico y fantástico, lo cual causa un efecto de suspense y, casi por extensión, una lectura agradable debido a su lenguaje poético. Esperamos que el texto aludido no resbale en ninguna acera y que su autor no cometa el delito de abandonar la prosa que ha comenzado con otros textos precedentes que conocemos y que tampoco carecen de valor propio.

jueves, 7 de enero de 2010

¿Qué es lo que nos retiene aún aquí?: Nostalgia de la muerte en «Los desmoronamientos sinfónicos» de Miguel Ildefonso



Escribe: Darwin Bedoya




Aparece como una columna de alta y densa humareda esta poesía, estos desmoronamientos, «esta es la prolongación de su aliento entre los objetos sin nombre la prolongación de su corazón la prolongación de la poesía aparecida entre los escombros» (p.57). Ahora que no sólo se habla, sino que también se escribe, graba, estudia, expone, colecciona, construye o destruye nuevas formas del arte poético, incluyendo su considerable constelación o bifurcaciones, donde resaltan estrellas como: los poemas performances, la poesía fónica, la polipoesía, la poesía fractal, la poesía digital, la holopoesía, los poemas objetos, la videopoesía, los poemas plásticos, la poesía multimediática, etc.
Después de toda esta parafernalia de presentaciones discursivas en el género, la percepción de la poesía sigue siendo única en esta inmensa avenida de las tramas que consigue el alfabeto, donde, inclusive la idea espacial de las letras, los colores, los volúmenes, los grados de transparencia, las mutaciones de la forma, la posición relativa de las letras y las palabras, y la aparición y desaparición de grafías es inseparable del discernimiento sintáctico y semántico del texto. Sin embargo, a pesar o gracias a estos multiprocesos de experimentación que se están promoviendo en las poéticas posmodernas, el espíritu de los versos continúa siendo el de siempre, el sempiterno, considerando, implícitamente, esa tan mencionada intertextualidad donde se habla de la «imitatio», «inventio» o «creatio», casi contraponiéndose a la fugacidad y brevedad que identifican a la posmodernidad y su rictus de arte global, peligrosa o milagrosamente masiva, tejida y prisionera en la red de redes y sus sistemas que crujen bajo la sombra de la cibercultura. ¿Pero luego qué?
Miguel Ildefonso (Lima, 1970) nos entrega ahora «Los desmoronamientos sinfónicos», con poemas «escritos sobre el dolor del cuerpo» (58), porque el poeta no vive para escribir. Escribe para vivir. E.. M. Cioran, en «Desgarraduras», apostando por esas esperanzas de sobrevivencia a partir de la escritura, pudo mencionar: «No se escribe porque se tenga algo que decir, sino porque se tienen ganas de decir algo». El mundo está poblado de miserias, dolores, soledades, excentricidades, desolaciones, agonías, reveses y, tal vez, por un cúmulo de tiempos impensados; sin embargo la poesía viene de dentro y tiene, más que filiaciones, concretamente, conexiones, especialmente internas.
La poesía tiene que abrirse paso desde dentro si se quiere llegar a encender. Tiene que ver con lo que Kandinsky y otros, mucho antes que él llamaban «la necesidad interior». Una carestía interior que permite a los poemas, al trabajo artístico, mostrar su propio orden. No un precepto impuesto anticipadamente. No un orden disciplinario. Sino un mandato que brota de su propia naturaleza, del propio ser del poeta, del hombre que vive, pero que está consciente de la brevedad de la vida, gracias a la cercanía o a la convivencia con la muerte, sobre todo por ese ajuste de rigor que recibe la vida, gracias a la sombra de fatalidad que le otorga la angustia: «las luces que navegan en la distancia lejos donde no llega el olor de los muertos aquí todo es destrucción» (59).
El corpus de este poemario parte con las alusiones a la muerte desde el primer poema: «ave de paso», en el que se puede leer: «como un beso en medio de la catástrofe vendrá la muerte para cerrar esta puerta» (9), y concluye haciendo alusión a la llegada de la muerte, sin que nadie se dé cuenta, con el poema «el viento a favor» en el que se lee: «yo escribía junto a la ventana y aquel morado viento entraba vestido de mujer. así penetraba mi cama. trastornaba mi cerebro. una prostituta camina descalza en la página que escribo ahora. nadie la ve porque está muerta» (60). La consumación de la estancia en ese dulce infierno está sumida en estas páginas, y cada poema es la más clara señal de que el poeta ha logrado pulcramente esa simbiosis paradójica, del amor—desamor, esa articulación entre vida—muerte, con esta su manera de dar vida a la muerte en medio del caos y los indiscutibles desmoronamientos que se encargan de erigir una poética que nos muestra la realidad humana del diario vivir, con un canto que crea un efecto de angustiosa reflexión frente a la vida, abstracción que parte desde la voz un poeta que explora nuevamente este padecimiento cotidiano, por ser, tal vez, un imperioso padecimiento que emerge desde él mismo, como diría Mircea Iliade: «si los pájaros cantan/ es, sencillamente, / para no morir de asfixia». Esa representación como la de un Cristo (poeta) apocalíptico, atormentado, desahuciado que mira a Jerusalén (Lima) en un terrible estado de caos y destrucción, ese signo—designio poético viene desde «Vestigios» (1999) donde Ildefonso escribe estas nostalgias: «yo camino perdido entre los sueños incendiados / […] yo muero pero vuelvo de los perfectos basamentos / […] hacia allá vuelvo con lentos y tenaces recuerdos/ a cumplir mi historia». En el libro «Las ciudades fantasmas» (2002), podemos leer: «yo dejaba que las hormigas subieran por mi espalda / y entraran a mí por las cuevas de mis ojos, / mientras el viento buscaba sus propios caminos / para entrar al corazón del corazón (que es el morir)».
En «M.D.I.H.» (2004), Ildefonso escribe: «he visto a la muerte entrar a un cine / luego salir de la peluquería. Debajo de los carros guardó un ala / que tocó alguna vez el paraíso, / el negro paraíso de una muchacha nerviosa / colgada de una pastilla». Ocurre lo mismo en «Canciones de un bar en la frontera» (2001) cuando dice: «estas palabras no son mías —los poemas existen en la realidad— / yo les permito acercarse matarme ser/ en la hoja solo encuentro la perfección de los sonidos». En «Canciones…» se puede percibir, con cierta intensidad, una pérdida del amor, una necesaria angustia, distinta a la de «Los desmoronamientos sinfónicos», esto se puede comprobar en la sección llamada «Cuaderno de las palabras muertas», allí es posible percibir, como en Novalis y Hölderlin: «todo un bosque de tristezas». Luego, en «Heautontimorumenos» (2005) Ildefonso revisa los tormentos interiores que tienen como protagonista a la angustia y su culmen: la muerte. Estos poemarios son parte del enorme proyecto poético del poeta Ildefonso, contienen aquellos versos que muestran el designio que toma como eje su poesía toda. Ese abisal mundo que ha elegido para emanar su discurso poético.
El destino baraja, y nosotros jugamos, decía Arthur Schopenhauer. Esta misma atmósfera deletérea e imprevisible y, además, de largas cabelleras angustiosas, parecen ser otra vez el reclamante universo de la poesía de Miguel Ildefonso que ahora nos entrega «Los desmoronamientos sinfónicos» (2008) Hipocampo editores, que confirma este «continuum» de sorprendente estructura y notable densidad de un lenguaje que a veces se quiere oscuro, difícil (como dijera en «Consagración de lo diverso», Luis Fernando Chueca), culto, técnico y hasta antipoético, pero sobre todo: difícil. Si consideramos el rol de la presencia de la sustantivación y la adjetivación, por ejemplo la aparición de vocablos como: argiva, tagua, férvidos, alongados, conculcar, caolín (24), cerúleo, lampreas, síndicos, pórvida, feble, abeleñar, oblongos, etc. (25). En esta nueva publicación (hay que mencionar que, anteriormente, este mismo conjunto de poemas estaba en la red en formato de poesía digital), de uno de los más importantes poetas de la generación del 90, como muchos lo han reconocido, podemos percibir algunos vínculos que se conectan con la poesía de Novalis, recordamos por ejemplo, aquel texto titulado «Nostalgia de la muerte», poema que integra el libro «Himnos a la noche». Los referentes más inmediatos de Ildefonso son clásicos, a lo largo de toda la historia de la poesía; pienso en las imágenes, las palabras de la poesía de Hölderlin, de Novalis mismo, de Vallejo, de Baudelaire, de Bukowsky, los vanguardistas indivisos, etc. Todos parecen estar aquí a la hora de la hora de los desmoronamientos. Inclusive se puede percibir imágenes abstractas de las atmósferas de Corot, de Millet, de los futuristas italianos, la «Mujer bajando las escaleras» de Duchamp como una viva efigie exponiéndose a cada instante, como los retratos de Max Beckmann, yanto o igual que los expresionistas abstractos norteamericanos, por ahí tal vez esté un tipo de cabellera roja llamado Van Gogh, pálido y contemplando a un Gauguin solariego y silencioso. Un mutismo poblado inclusive de la música de Beethoven, The Doors, Smashing Pumpkins, The Cure, etc. Han hecho posible esta poesía, estos desmoronamientos implacables.
«Los desmoronamientos sinfónicos» (LDS) funda un claro ejemplo de una poesía que podríamos llamar cuántica, según nos propone su autor, al presentar elementos poéticos en forma de partículas, relativamente breves, que obedecen a una mecánica de cadencia menguante (Es previsible saber que quienes hayan considerado el tema de la muerte, a través de la escritura, se hayan envuelto completamente en la angustia como modo de conclusión o avatar frente a esas cuestiones en clave de discurso lírico o reflexión estética que al final viene a constituir una poética), basada en los principios de la elipsis, la riqueza de invención y el notorio lirismo impregnado de cierta coloquialidad y ternura. Desde el título, considerando luego el epígrafe de Browning, sugeridor de una posible esencia del propio cosmos de imágenes de decadencia y señales irremediables de crepúsculos, hasta la misma estructura y permeabilidad del poema en prosa, es posible notar ese espíritu de angustia y existencia desesperada que emergen de una sensibilidad inmarcesible, propia de un poeta ya no en ciernes, sino en plena confirmación de un estilo y una poesía ya conquistada. En LDS nos hallamos ante la presencia de un discurso poético lleno de reflexiones y fotografías que a diario nos presenta la realidad, de un espacio lleno de defectos, de desilusiones interminables y abismos que no concluyen. Este poemario, por momentos, nos hace ver ante múltiples situaciones que pueden ocurrir en cualquier lugar del mundo, escenas y pareceres, donde se presentan ninfas defecando, fantasmas de prostitutas, actores ebrios que rompen floreros, Humareda haciendo el amor con Marilyn, el mismísimo Hölderlin y Cioran y Blake y Schumman y Bach; pulgas en los tibios senos de una muchacha, perros amarrados en la azotea, hoteles, flores, cenizas, larvas, gatos, gatos… Uno de los polos de la poesía contemporánea es el que se presenta como una recuperación de la conciencia transferida a un nuevo estado de presencia, aun nuevo ser. Entonces, como dice P. Mora: mientras exista algo o el dolor exista, existirá la poesía. La poesía trata de algo falso en la medida en que es real. Y el dolor, la angustia y la muerte son aquí ahora, como el tiempo: nunca se va ni se detiene ni desaparece: «yo presiento mi holocausto sin arrepentimientos y así es largo el tránsito de los muertos» (28) «he llegado de una alta angustia caminos bermejos vientos lozanos he cumplido con el ciclo de las estrellas» (26), «pronto crecerá el fuego y naceremos donde hemos muerto» (20), «agonizan los viejos exhalando un antiguo canto mientras agonizan mis poemas y muero sin poder hacer nada» (28), «las sombras y el brillo de las avenidas enguirnaldadas me dirán que estoy llegando a mi final» (20), «nuestros ojos son inútiles ahora y en la hora de nuestra muerte (13). Como Nervo, Novalis escribe a partir de un gran dolor. Una inmensa penuria que a Novalis le provoca preguntarse, dentro de su aterradora angustia, «¿qué es lo que nos retiene aún aquí?» La desolación y la muerte son los signos de los que no nos podemos separar, Ildefonso así lo ha interpretado, por eso su poesía, por eso estos desmoronamientos: «ahora moriremos en esta hierba entre los esquifes miraremos nuestras espaldas desnudos en el espejo» (21), «una muerte a mi costado como un ruiseñor» (23), «un vacío que centella grávido como mi muerte» (29), «una ventana violeta como un espejo redondo donde muere el sol y las puertas marrones como hienas durmiendo»(16). La contemplación de la muerte como un pájaro oscuro, como un espejo que nos la anuncia, a la muerte, todos los días en ese intrépido reflejo, a veces tan idéntica a nuestros sueños, a veces como nos la describe nuestra imaginación, a veces como una muchacha pétrea, a veces como un verso interminable. Será tal vez por eso que «aprendemos ante el terrible paso de las horas que el amor y la muerte son solo palabras» (10), pero palabras que adquieren un cuerpo al que hay que temer casi por una cuestión natural, humana, lógica. «el triste amor de las palabras» (35). La reflexión de Ildefonso reúne los restos procedentes de la desolación, no otros, son intersticios de sus ejercicios anteriores (Vestigios, Ciudades…, Canciones…, etc.) y los orientan en una dirección única, conforme a un trazo que ha de instarse como perfectivo y continuo, casi como un eslabón que se torna en pieza clave para formar un todo excepcional. En LDS, lo que el correlato de la poeticidad prevé es el orden y sentido de los episodios de la reflexión, la topología de las reconstrucciones y proyecciones que conforman su proyecto total (este proyecto que empezó en los años de Neón y que Ildefonso llamó «La fiesta de Rimbaud»), la estructura de su ocupación en el tiempo es válida desde todas las perspectivas. En la medida en que estas proyecciones se aplican aquí al discurso, al control, a la subordinación, no de una desenvoltura singular, sino de la dispersión de todas las significaciones poéticas, debido a que su condición de poema de los poemas se hace pues, ostensible: el sujeto poético es la presencia y la ausencia de todas las realidades. Pero, a decir verdad, que el instrumento de secuencia de tal o cual poema sea la reflexión, no tiene por qué significar que el poema, desde sus inicios, se haya arrogado la propiedad de esa cualidad apocalíptica—lírica, y que por ello debe quedar inmune al control de la reflexión, tal vez por ello la constante alusión a la muerte en LDS intenta, igualmente, decir lo contrario: vida, vida... Puede querer decir que el único obstáculo que la reflexión halla para el ejercicio pleno de sus funciones sea su propia existencia. O dicho de otra manera: que para liberar ese orden reflexivo, para hacer posible, en suma, la tarea crítica del pensamiento es necesario abolir la idea en base a palabras, pero con la inminente presencia de la poesía.
Por estas entelequias LDS es un libro que logra poetizar la crisis del sujeto posmoderno. Todos los signos apuntan a estas y otras interpretaciones lideradas, lógicamente, por esta afirmación que hacemos. Los mismos poemas se encargan de darnos unas pistas que nos permiten este enjuiciamiento, casi de manifiesto. La imagen resultante es la de una sensibilidad formada en este lirismo que persiste en la poesía de Ildefonso. Estos poemas expresan también una obsesión epistemológica por los fragmentos o las fracturas del ser, del poeta, considerando inclusive que la poesía no puede existir confinada dentro de la ciudad humana. Ejerce su desgarrada y dolorosa libertad con escapadas continuas por los extramuros, fuera de la ciudad; pretender limitarla a su interior sería cercenar las posibilidades de un florecimiento. El poema vive de la concordancia fugaz que renueva y amplía la mirada al mundo, y que lo alimenta con dicha, con furia, con penuria o con desasosiego. El piso que sostiene el poema es el momento histórico al cual se dirige y el momento en el que ha sido escrito. Esta modernidad líquida, ese hombre de la calle, ese sujeto urbano que habla en la poesía de Ildefonso, no es otro que aquel que a diario dibuja un sol (en medio de la neblina) en señal de que aún estamos aquí, a pesar de los pesares. LDS nos muestra la secuencia de la atmósfera urbana que Ildefonso empezó en los años 90, esta señal que ya es identitaria del verso de Ildefonso: «la poesía es caminar por lima. entrar a los cines a las cantinas. sentarse en los muros o echarse en los parques. en quilca mirar los libros».(27 y 36), «el hombre de barro camina por el paraíso de cemento» (46), «una ciudad alambrada abre una puerta y las palabras viajan en la noche con una música de espectros» (35) «llevo tras de mí los signos de una época no muy lúcida la peste negra la peste blanca la peste rosa millares de ratas y ratones hambrientos persiguen la música azul de mi flauta […] los roedores me persiguen arrastrando sus pesadas panzas por la plaza san martín caylloma. conozco esta ciudad conozco sus bares sus iglesias sus ministerios sus hospitales también conozco su río» (50) Esta mirada de ribetes extensos que articulan a la ciudad y sus figuras en relación con la mirada moderna del escritor. La poesía de LDS parece oscilar entre urbes que tienen un epicentro llamado Lima. Esa visión neo—social o hiperrealista que hoy es motivo recurrente de la literatura contemporánea, tal como lo han mencionado muchos estudiosos del tema urbano, por ejemplo aquellos que mencionan la construcción de la «ciudad» como objeto teórico (Payne, Jitrik, Sarlo, Gorelik). O los que se han detenido en los estudios de una sociedad de consumo, la sociedad post—industrial, esa ciudad globalizada y el sujeto translocal (Marc Augé, de Certeau, García Canclini). Octavio Paz reflexionaba sobre este nexo entre poeta y ciudad: La relación entre el poeta y su espacio es orgánica y espontánea… El decir del poeta encarna la comunión poética. La poesía pone al hombre fuera de sí y, simultáneamente, lo hace regresar a su ser original: lo vuelve a sí. El hombre es su imagen: él mismo y aquel otro. A través de la frase que es el ritmo, que es imagen, el hombre —ese perpetuo llegar a ser— es. La poesía es entrar en el ser. La poesía: búsqueda de los otros, descubrimiento de la otredad. El poeta escucha lo que dice el tiempo, aun si dice: nada. Poesía, momentánea reconciliación: ayer, hoy, mañana; aquí y allá; tú, yo, él, nosotros. Todo está presente: será presencia. El acto mediante el cual el hombre se funda y se revela a sí mismo es la poesía. Esta ciudad largamente acariciada y perpetuada como objeto poético lleva a un nivel de real importancia a este nuevo poemario de Ildefonso.LDS: invención de lo cotidiano. Imaginarios urbanos. Construcción de ciudades reales. Ciudades escritas. Realismo posmoderno. Urbanismo. Coloquialidad. Poemas en prosa. Angustia. Soledad. Fatalidad. Ternura y delirio. Desmoronamientos. Poesía. Poesía. Voz «surreal» en la flexión vanguardista es ésta del poeta Ildefonso. Pero es una voz que cumple el rol testifical frente a la «multitud» y la primera visión de la «urbe tecnológica» y sus antagonistas (alegoría, deshumanización, demonización y pauperrización).Una constante de estos poemas en prosa es la intención de generar un foco de atención sobre una colección de retratos actuales que pertenecen a una Lima según Salazar Bondy: horrible. Los poemas son el resultado de un punto de observación o aproximación a la realidad, generando un acceso sugerido a la imagen mediante restricciones espaciales, visuales, incluso sonoras. Como en un tren fantasma donde el recorrido oculta los mecanismos que lo hacen funcionar. Hay un intercambio entre distintos medios, incluyendo cantos en desarrollo y otros en plena ejecución, casi un concierto de voces y referencias. La estética y ficción casi ciberpunk, Gibson, y la locura de Hölderlin, sobre todo, son notorias en «oniria», «excessus mentis», «minen an die yach». Hay una completa libertad de la escritura y la posibilidad que da la poesía para mostrar estas escenas pictóricas que Ildefonso nos regala en LDS. La obra que tenemos entre manos no es una sola, aquí también se considera el carácter cuántico que mencionamos al inicio, este poemario es parte de un período o un conjunto poético que comienza en 1990 y sigue hasta hoy (y todo parece indicar que seguirá), este es un humus de ideas—poemas que luego seguirán siendo escritos, suponemos, según las intenciones de Ildefonso, en uno y otro libro, y en los temas puede haber algo trazado previamente o en el momento mismo; otro aspecto que resalta es el que le permite escribir de una manera casi natural y tal vez se sienta como pez en el agua. El poeta no gusta de la formalidad preocupante del verso, tal vez ha pensado en un modo de simplificar la división discursiva del trabajo poético, como un discurso anti—versal, pero no ocurre así en los efectos de la poesía.Los poemas en prosa de LDS muestran una escritura que se deja ganar, por momentos, con un discurso surreal, cercano a Breton, pero resalta, sobre todo, la forma de la prosa que nos recuerda aquellos inicios prosísticos que trajo consigo la gran revolución que supuso el romanticismo en la escritura poética. Desde mediados del siglo XIX cuando los escritores franceses, considerando al precursor alemán Novalis, erigen una poesía en prosa; luego vendrían los ya conocidos textos de Gaspar de la Nuit , además el poeta romántico Aloysius Bertrand y, posteriormente haría su aparición Baudelaire, quien daría el nombre de poema en prosa a la «extraña forma» que rompía el tradicional verso, con la publicación póstuma, en 1868, de los «Pequeños poemas en prosa», otros autores que consideraron a la prosa para la poesía son también: Schwob, Laforgue, Trakl, Stein, Ashbery, Burnside y Mestre, como los más reconocidos. Entonces, estos poemas en prosa (no prosa poética, a pesar de algunas inclusiones de formas narrativas que, sin desmerecimientos, vendrían a ser excelentes microrrelatos dentro de LDS, «ukyah», es un considerable microrrelato al cual podrían acompañar otros como «el flautista de hamelin») vienen determinados por la idea de que la poesía no reside en ninguna forma específica. El ritmo de la frase (teniendo en cuenta la ausencia de la puntuación o esa subversión semántica que de algún modo agiliza la secuencia rítmica del discurso poético), las asociaciones sonoras, las combinaciones léxicas, las imágenes; es decir, todos los recursos poéticos, con la única salvedad de los rasgos específicos versales, no son exclusivos de la forma en LDS, la armonía versificada también puede alojarse en la prosa. La asunción de esta idea constituye, pues, la gran aportación que el romanticismo hizo a la poesía al provocar la anulación de la exclusividad del verso y la consiguiente irrupción de la prosa como medio de expresión poético válido. Nada impide que un poeta como Ildefonso provoque en el lector, con un texto en prosa, los mismos efectos que con un texto en verso.Así en la vida como en la muerte, «he caminado en la caída de mi angustia he cumplido con la sentencia he sido» (27). Es de esos escombros que sale la poesía de Ildefonso, la vida viva de estos poemas son el eco que nos repite nuevamente esa luz existente al final de ese caos desde donde, como un ave fénix se confiesa la poesía. Al igual que al semejantísimo Borges le interrogaron una vez qué es un objeto poético, y él, acomodando su mirada infinita, contestó que todo aquello en lo que se encuentra lo que se espera encontrar en la poesía, eso era y es el objeto poético. Así, del mismo modo, esta Vida humana, así con mayúsculas, así es LDS, Vida construida por visiones, presentimientos, sueños, quimeras, «memorias como polvo enamorado, como tumbas de vacío en la contemplación de la tarde» (45) A pesar de la terrible angustia dentro de este recogimiento de los desmoronamientos, la poesía parece seguir siendo esa inmensa esperanza, esa fuente de vida que nunca dejará de ser tal. La poesía: un amor eterno, la poesía: un pretexto para amar, la poesía: un llorar a solas, la poesía: una forma de saberse aquí. La poesía: una recuperación de los tiempos mejores. La poesía: un perder y encontrar amores. Si «el amor es entonces una cosa perdida» (31), si «el amor es saber que no se volverá a amar así como se ama en este momento» (61), si «el vivir está por alguna parte viviendo más» (31), entonces, no cabe duda que la poesía seguirá siendo vida, seguirá siendo «el hábito de desear la muerte y la inspiración» (42) para que ella, la poesía, nos envuelva y sea el motivo, la razón de nuestra existencia, inclusive más allá de nuestra presencia terrenal, como hace algún tiempo atrás, cuando en los extraordinarios años de Vallejo, Huidobro, Girondo y Borges o los años de la vanguardia, cuando el frágil y pálido Carlos Oquendo de Amat perfiló una arte poética perdurable: se encontraba a orillas del Titikaka, era una tarde inusitada, él estaba sumido, seguramente, en su única razón de existencia que le permitía escribir poemas, sin prestar atención a nadie; una tarde impensada, porque casi no salía de la humildad y el silencio vacío de su cuarto, pero sí fue una tarde que algún día iba a suceder; y llegó con una melodiosa voz femenina que, después de tantos gritos insistentes, logró captar la atención del poeta para enseguida preguntarle sobre la utilidad e importancia de la poesía: «¿Qué caso tiene la poesía? », «¿Para qué puede servir, a fin de cuentas, la poesía? » El poeta, quedamente y friccionando sus tersas manos, como era costumbre en él, y, además, guardando en el bolsillo de su camisa las hojas escritas y los desgastados lápices que siempre usaba, respondió: «Ninguno, la poesía no tiene ningún valor. La poesía es inútil. Definitivamente inútil. No sirve para nada, salvo para vivir, para saber que uno está vivo». Enseguida abandonó la paz que ya no había a esa hora en el Titikaka. Ya por entonces tenía los primeros síntomas de su terrible mal que lo alejaría aún más de las personas y que a la larga lo liquidaría en Navacerrada. Años, varios años después, el poeta ruso Czeslaw Milosz, respondiendo a la misma pregunta hecha por otro poeta, diría: «Mira, en verdad, lo único que puedo decir es que la poesía me ha ayudado a vivir». Aunque, claro está, la insistencia de Ildefonso implica un convencimiento de que «no todo está perdido», por lo que considera una necesidad de insistir en esta razón de la poesía, con el objetivo de favorecer una discusión que lleve, por lo menos, a no asistir una dinámica que se apasiona a una degeneración progresiva que provoca la congregación reflexiva, especialmente cuando se hace esa meditación desde la poesía y se llega a la conclusión de que se escribe para vivir, inclusive, como lo reclamara Novalis, desde su poema «Nostalgia de la muerte», porque en la poesía de Ildefonso, y como en los mismos nocturnos de Villaurrutia titulados «Nostalgia de la muerte», como en la «Noche oscura del alma» de San Juan de la Cruz , «como la muerte estrecha a la vida» en «Abolición de la muerte» de Westphalen, hay una voz que se estremece de su forma y anhela reintegrarse a su origen, de esa nostalgia ya reconocida para siempre. El poeta de los «Himnos a la noche» sintonizaba la verdad así: «El corazón está lleno; el mundo, vacío/ descendamos al seno de la tierra / abandonando el reino de la luz. / El golpe con su estela de dolor es la alegre señal de la partida. / Veloces, en angosta barca, / a la orilla del Cielo llegaremos». Clara señal de la consternación frente a la vida y junto a la irrealidad y porque de modo inquebrantable la poesía es lo absolutamente real, porque cuanto más poético sea el verso, más verdadera es la poesía, porque mientras exista el dolor, la vida, el aliento, la escritura, siempre existirá la poesía. Y aunque «el vivir está por alguna parte viviendo más» (31). El vivir está en estos versos. La poesía es el único modo de decir la verdad sobre la tierra.

Tirapata, 10 de junio de 2008

martes, 5 de enero de 2010

Sombras que iluminan: La lámpara de James Joyce o la voz de Stephen Dedalus


Por: Darwin Bedoya


Febrero es un mes muy especial para las letras, no solo porque en este mes se hayan suscitado los nacimientos de escritores más grandes, sino también porque muchos otros fallecieron, pero al morir empezaron a cobrar una vida llena de inmortalidad, debido a la trascendencia de su obra literaria, este el caso del maestro James Joyce que, con la publicación de ULISES nos dejó un catálogo de técnicas literarias, en palabras de Alonso Cueto. Libro-catálogo que se ha convertido en una lámpara luminosa para muchos escritores, libro cabecera diríamos, recurrente por su vigencia a pesar del paso de los años y el polvo en los estantes.

Joyce nació en Dublín el 2 de febrero de 1882. Hijo de un funcionario acosado por la pobreza, estudió con los jesuitas, y, en la Universidad de Dublín. Educado en la fe católica, rompió con la Iglesia mientras estudiaba en la universidad. En 1904 abandonó Dublín con Nora Barnacle, una camarera con la que acabaría casándose. Joyce logró su primer éxito literario poco después de cumplir 18 años con un artículo, 'El nuevo drama de Ibsen', publicado en la revista Fortnightly Review de Londres. Su primer libro, Música de Cámara (1907), contiene 36 poemas de amor, muy elaborados, que reflejan la influencia de la poesía lírica isabelina y los poetas líricos ingleses de finales del siglo XIX. En su segunda obra, un libro de 15 cuentos titulado Dublineses (1914), narra episodios críticos de la infancia y la adolescencia, de la familia y la vida pública de Dublín. Estos cuentos fueron encargados para su publicación por una revista de granjeros, The Irish Homestead, pero el director decidió que la obra de Joyce no era adecuada para sus lectores. Su primera novela, Retrato del artista adolescente (1916), muy autobiográfica, recrea su juventud y vida familiar en la historia de su protagonista, Stephen Dedalus. Incapaz de conseguir un editor inglés para la novela, fue su mecenas, Harriet Shaw Weaver, directora de la revista Egoist, quien la publicó por su cuenta, imprimiéndola en Estados Unidos. En esta obra, Joyce utilizó ampliamente el monólogo interior, recurso literario que plasma todos los pensamientos, sentimientos y sensaciones de un personaje con un realismo psicológico escrupuloso. También de esta época data su obra de teatro Exiliados (1918).

Joyce alcanzó fama internacional en 1922 con la publicación de Ulises, una novela cuya idea principal se basa en la Odisea de Homero y que abarca un periodo de 24 horas en las vidas de Leopold Bloom, un judío irlandés, y de Stephen Dedalus, y cuyo clímax se produce al encontrarse ambos personajes. El tema principal de la novela gira en torno a la búsqueda simbólica de un hijo por parte de Bloom y a la conciencia emergente de Dedalus de dedicarse a la escritura. En Ulises, Joyce lleva aún más lejos la técnica del monólogo interior, como medio extraordinario para retratar a los personajes, combinándolo con el empleo del mimetismo oral y la parodia de los estilos literarios como método narrativo global. La revista estadounidense Little Review empezó en 1918 a publicar los capítulos del libro hasta que fue prohibido en 1920. Se publicó en París en 1922. Finnegans Wake (1939), su última y más compleja obra, es un intento de encarnar en la ficción una teoría cíclica de la historia. La novela está escrita en forma de una serie ininterrumpida de sueños que tienen lugar durante una noche en la vida del personaje Humphrey Chimpden Earwicker. Simbolizando a toda la humanidad, Earwicker, su familia y sus conocidos se mezclan, como los personajes oníricos, unos con otros y con diversas figuras históricas y míticas. Con Finnegans Wake, Joyce llevó su experimentación lingüística al límite, escribiendo en un lenguaje que combina el inglés con palabras procedentes de varios idiomas.

Después de vivir veinte años en París, cuando los alemanes invadieron Francia al principio de la II Guerra Mundial, Joyce se trasladó a Zürich, donde murió el 13 de enero de 1941.

Es que hacías tanta falta de darwin bedoya





Es que hacías tanta falta
darwin bedoya
Serie narrativa breve Presagio Nº 02
Grupo Editorial "Hijos de la lluvia"
&
Lagoculto Editores
Lima, 2009. 52 pp.




Los pretextos para publicar un cuento
nunca son suficientes. Pueden ser cientos o miles,
pero a veces uno es más auténtico que todos.
Es que hacías tanta falta
es un texto donde el autor domina y articula
una delicada textura verbal —artificios léxicos en summa—
cuya sutileza poética hace que la historia
se convierta, más que en un maravilloso brebaje,
ritual o canción; en un Ars amandi imperioso y moderno.
La insolencia confidencial y talentosa
de este Ars amandi, sin duda es una señal de que
el autor sabe manejar las distancias cortas de la narrativa:
el cuento breve, esta historia es una clara señal,
de que los más puros amores jamás podrán ser alcanzados.
Es más que seguro que algún lector, silenciosamente
logrará secarse alguna sibilina lágrima,
y ese es el punto de quiebre de un texto
considerable; porque, si bien es cierto,
no existen los libros imprescindibles;
pero sí los libros que todos hubiéramos querido escribir,
sobre todo para saldar
cuentas con la memoria de aquel amor mejor
que nunca podrá ser conseguido.
Las dos partes de Es que hacías tanta
falta, traslucen una curiosa arquitectura de
profundas variaciones decorativas que muestran
la intensidad del lenguaje. Parece notarse en
muchas líneas que Fernando, personaje
protagónico, es el alter- ego del autor pues, es quien
se encarga de ir uniendo las secuencias y las
palabras, casi con una precisión absoluta.


Eulogio Ramos

domingo, 3 de enero de 2010

Salomé y otros cuentos de Javier Núñez



Salomé y otros cuentos
Javier Núñez
Serie de narrativa breve presagio Nº 03
Grupo Editorial "Hijos de la lluvia"
&
LagOculto Editores
Lima, 54 pp.

Desde el 2004, Javier Núñez ha publicado diversos cuentos, en realidad la obra que constituye el eje de su trabajo narrativo, es sin duda Salomé y otros cuentos. Este es un libro potencialmente estético y erótico, cuyas sucesivas lecturas confirmarán a uno de los proyectos narrativos más singulares y casi perturbador de la reciente narrativa puneña.

«Estoy acostado al lado de una guapa diablesa. Siento su respiración pausada y contemplo su rostro de niña traviesa. Son las cuatro de la mañana y a lo lejos están cantando los gallos; yo también cantaré mis aventuras con esta bella. En unos minutos la despertaré y consumaré por tercera vez nuestro amor loco. La besaré desde sus cabellos hasta la punta de sus pies, le acariciaré sus muslos suaves, la amaré sin frenos ni límites. Ella tenderá sus alas de mariposa y jamás me olvidará en toda su vida.»

sábado, 2 de enero de 2010

La sombra pavorosa de la ofuscación



Escribe: darwin bedoya

El texto que tenemos entre manos es, ante todo, una historia fantástica que se proyecta en muchas orientaciones. Este relato está escrito desde el centro mismo de la escritura. Combina las vivencias personales y los miedos interiores del hombre. Es una memoria personal, y va proponiendo la desaparición de ciertas fronteras narrativas y abriendo camino para las confesiones amplias, siempre a la búsqueda de que lo real sea visto como espacio idóneo para acomodar lo imaginario, y así ficcionar con la vida.


Su autor, Walter Bedregal Paz, (Tacna, 1965), con esta singular historia nos lleva a un mundo donde pareciese que existen personajes escapados de los más extraños sueños que bordean la locura, al tiempo que transgreden cualquier tipo de convenciones sociales o amorosas, en un espacio geográfico tan común, donde todo está ordenado y prefijado. El protagonista se confunde con su miedo y su conducta es extremadamente compleja, por todo lo que se describe en las líneas de esta imaginería sorprendente.


Pamoslake tiene esa tensión entre imaginería de lo invisible y la narración subjetiva. Es un relato rápido a la vez que profundo, que en su travesía recorre la soledad, la amistad, el amor, la muerte y las fronteras del vacío. En estas páginas se rescatan de la memoria distintos momentos de una época pretérita de su protagonista, escenas conmovedoras sobre la formación moral, sobre aquel «viaje a la singularidad que constituye toda adolescencia.» La quietud y permanencia que destilan sus páginas, la sensación de que nos cuentan cosas «que han pasado y que están destinadas a seguir pasando.» Este libro, el segundo de narrativa que publica su autor y por el que obtuvo una mención en el Concurso Nacional de Cuento Premio a la Cultura en 2006, está destinado a acompañar nuestro propio aprendizaje del dolor y del amor y a perdurar en la memoria lectora.


Insomnio y profundo sueño. Velas en la vigilia. El protagonista de esta historia va esparciendo el caos a su alrededor a medida que avanza en su mutación. Y también nos va conduciendo a un lugar que no sabemos si existe o no, pero que sin duda está entre el insomnio y el sueño. El nudo que él mismo ha provocado guiándose por lo que dicta aquello a lo que más quiere en el mundo, su forma, aprieta en su garganta. Así es como acaba pensando una cosa tras otra, dejándose arrastrar por las circunstancias y su revisión interior. Es de este modo como atraviesa etapas de un viaje iniciático en el cuerpo que posee y la desesperación, en el que cualquiera esperaría que encontrase redención. Como en otras historias escritas por los consagrados, Walter Bedregal sabe husmear en el lodazal de los sucesos para forjar con envidiable pulso narrativo una ficción basada en hechos reales, digna de la mejor tradición realista del género. Y es que da la sensación de que la narración cuenta una historia mientras en realidad está pasando otra cosa. Una prosa perturbadora, inquietante, en el límite de lo ilusorio. Como la lucidez de una noche en vela. El segundo cuento de un narrador que dice que algo anda mal, sin necesidad de levantar demasiado la voz.


Parece que esta historia hubiese surgido del miedo para irse también al miedo. El personaje nos parece indicar que toda definición de insomnio redunda en la imposibilidad de conciliar el sueño. Por motivos físicos o mentales, el sujeto se ve sin posibilidad de descanso en el cuarto eslabón del sueño. Este espacio es conocido como fase «lento» o fase delta, en la cual el organismo halla máxima relajación y comienza un proceso fundamental para su salud: la regeneración. Regeneración en dos sentidos: inmunológico, cuando este sistema actúa con mayor fuerza y eficacia sobre los diferentes órganos del cuerpo; y psicológico, cuando los procesos mentales reacomodan experiencias enviando algunas al arrumbado «ello» y sacando otras de ahí, para descifrar los acontecimientos de las jornadas venideras. El Pamoslake de Bedregal es como un insomnio, este «mal» que ha atacado en todo momento al ser humano; tiene orígenes diversos y explicaciones múltiples, pero en todo caso parece haber acuerdos. Uno de ellos es que el estado insomne crea una dialéctica del insomnio: acostumbrado el cuerpo a no dormir, comienza a despreciar el sueño. Otro acuerdo es que después de un periodo largo de insomnio, una persona puede volverse, sin vuelta atrás, esquizofrénica; incluso puede llegar al suicidio por depresión profunda e inmediata. Por no referir a lo más común, las implicaciones directas en la salud de la persona: al no autorregenerarse, el organismo debilita al máximo su sistema inmunológico y neurológico. Los datos indican que en toda época se han utilizado sustancias de diversa índole y origen para controlar y abatir el «mal». Pero la conclusión final es contundente: el insomnio se trata, pero jamás se cura, puede existir en forma de monstruo, de Pamoslake.


Las lecciones de vida que deja el profesor Recabarren (personaje principal de la historia), nos da lugar a pensar en el neologismo de la autoficción que Serge Doubrovsky dijo de este género, “el autor se convierte a sí mismo en sujeto y objeto de su relato”. No es tan difícil entender que la autoficción es la autobiografía bajo sospecha. Bedregal no solo cruza esa frontera hacia los dominios de la fabulación, sino que se adentra más allá de las horas agudas del insomnio que aplaza una muerte.


Este Pamoslake puede ser la certeza última de la inmortalidad, la resurrección de la fantasmagoría, el ser que capturamos o nos captura en la totalidad de lo divino. Al parecer, lo escrito nunca muere. De ahí la necesidad humanística que guía la vida y nos hace mapas capaces de evitar la sempiterna errancia del absurdo, contar siempre con esos asideros incondicionales prestos a resarcir los extravíos de la animalidad.


Si bien esta soledad tiene que ver con la ausencia, no siempre la ausencia se asegura a sí misma en la nada ni la carencia objetiva logra enmudecer la enunciación del vacío. Próximo al fin, el moribundo custodia, ahí donde los testigos de su deceso creen hallar ya un silencio sepulcral, la irrupción de un último estertor. Adherida a la presencia efectiva, al objeto real, se encuentra la sombra, espejo oscurecido donde se ejercitan imperceptibles contornos fantasmales. El tono de este texto es con olor a ejércitos espectrales cuya misión es abrir una nueva dimensión que no consista únicamente en mascullar las palabras que yacen ante los ojos. Acordes no tanto a la imagen cuanto a la semejanza, tales apariciones escoltan la visibilidad de la cosa y, a pesar de su inaprensible condición, se mantienen firmes, animadas, dispuestas a renovar una y otra vez la capacidad de asombro. En este relato acompañamos a Pamoslake en su aprendizaje de la vida, recorriendo vividamente el mundo interior del ser humano habitado por la condición que le ha tocado vivir y que Bedregal narra con una prosa sosegada y limpia, realista, cruda y penetrante, develándonos una existencia profundamente humana. En la metáfora inacabada de esta narración participa el juego entre la ficción y la realidad para construir, una vez más, un mecanismo fascinante en su estructura y resolución. La vida de este Pamoslake se nos muestra tan cercana que podemos sentir el latido de su corazón cuando le invade el desasosiego o la felicidad. Y, especialmente, el miedo que compartimos con él. La sombra pavorosa de la ofuscación.

viernes, 1 de enero de 2010

Pamoslake de Walter L. Bedregal Paz



Pamoslake
Walter L. Bedregal Paz
Serie narrativa breve Presagio Nº 01
Grupo Editorial "Hijos de la lluvia"
&
LagOculto Editores
54 pp. (Lima, 2009).

El texto que tenemos entre manos es, ante todo, una historia fantástica que se proyecta en muchas orientaciones. Este relato está escrito desde el centro mismo de la escritura. Combina las vivencias personales y los miedos interiores del hombre. Es una memoria personal, y va proponiendo la desaparición de ciertas fronteras narrativas y abriendo camino para las confesiones amplias, siempre a la búsqueda de que lo real sea visto como espacio idóneo para acomodar lo imaginario, y así ficcionar con la vida.

Pamoslake tiene esa tensión entre imaginería de lo invisible y la narración subjetiva. Es un relato rápido a la vez que profundo, que en su travesía recorre la soledad, la amistad, el amor, la muerte y las fronteras del vacío. En estas páginas se rescatan de la memoria distintos momentos de una época pretérita de su protagonista, escenas conmovedoras sobre la formación moral, sobre aquel «viaje a la singularidad que constituye toda adolescencia.» La quietud y permanencia que destilan sus páginas, la sensación de que nos cuentan cosas «que han pasado y que están destinadas a seguir pasando.» Este libro, el segundo de narrativa que publica su autor y por el que obtuvo una mención en el Concurso Nacional de Cuento Premio a la Cultura en 2006, está destinado a acompañar nuestro propio aprendizaje del dolor y del amor y a perdurar en la memoria lectora.

darwin bedoya.