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Darwin Bedoya en la 3ra. Feria Internacional del libro (Arequipa, setiembre 2011) |
Walter L. Bedregal Paz
«He aquí mi libro, tal como lo hice: con mi llanto, con
mis dolores, con mis lamentos y con sus aciertos; este es su modo
y su forma y su decir, tal como se debe leerlo, antes que los
comentaristas o los críticos de alguna elite o centro canónico lo
oscurezcan con sus aclaraciones. Este es mi libro para sentirlo, no
requiere aclaraciones y reseñas y comentario alguno.»
Darwin Bedoya
Es verdad que aún faltan dos meses para tener entre manos el nuevo libro
de nuestro poeta. Sin embargo he leído y también he escuchado
de la voz del propio autor –en las horas de tertulia– versos de
«El libro de las sombras», del ahora ganador del Premio COPÉ
Internacional 2011, Darwin Bedoya (Moquegua, 1974), este es un
libro que lógicamente tuvo varios nombres anteriores, uno de
los que su autor también leyó alguna vez se denominaba «Mi
padre ojos de caballo», pero finalmente, luego de las tantas
correcciones de las que nos hablaba, quedó con el nombre con el cual
participó en el mencionado evento donde participaron cerca de mil poetas
de distintas latitudes de Latinoamérica.
Mis primeras impresiones sobre esta reciente poesía de
Bedoya, provienen de la oposición entre reflexiones y humildad,
entre lo épico, mítico y lo mágico. Oposiciones que, según insinúa el
texto, corresponden también a la que existe entre barroco y
clásico, e incluso, entre modernidad y antigüedad y que se
fundaría en el rechazo o anhelo respectivo, de algo permanente,
auténtico, original (en el sentido de lo primero, del
nacimiento o la fuente); una «verdad íntima» susceptible de
ser descubierta pero no inventada, que unifica a su alrededor «todas
las almas».
«El libro de las sombras» tiene como asunto vertebral: el
contar, de esta manera germinal, aún no explícita pero sí
latente, se insinúa ya desde los dos preludios textuales del
libro: «Advertencia sobre nuestros nombres» y «Caligrafía de
huesos» una reflexión sobre el narrar, el ver (hay imágenes
que hacen del poemario una galería de retratos colgados de la
pared del tiempo) y sus diferentes dimensiones que irá
desarrollándose hasta alcanzar una profundidad mayor, si cabe,
que la que atiende al oído, algo que el
narrador-poeta-sujeto(s) lírico(s) llevarán a cabo mediante la
exploración de las relaciones entre palabra e imagen, y de cómo
ambas, en su asociación, conforman el discurso lírico de este texto
extenso a la manera de los grandes poemas como «Canto a un dios mineral»
de Jorge Cuesta, «Autorretrato en espejo convexo» de John
Ashberry, «Algo sobre la muerte del mayor Sabines» de Jaime
Sabines, «Omeros» de Derek Walcott y, «Rapsodia» de Pere
Gimferrer, este último publicado hace apenas unos meses.
«El libro de las sombras» está estrechamente relacionado con una
poesía que cabría calificar, hasta cierto punto y desde cierta
perspectiva, de poesía visual, pues se fundamenta en una serie
de metáforas que asocian o asimilan el saber y el mirar. No
sorprende a estas alturas que dicha exploración se lleve a cabo de
manera inseparable de la trama, como parte de su estructura
temática profunda, con lo que no estamos de ninguna manera ante
una suerte de textos intercalados que obstaculicen el proceder de la
poesía con sus variados sujetos líricos que al final asumen una sola
voz, un solo canto animado por un único personaje: el hombre, el
caballo. Bedoya elabora su «yo’ lírico mediante una trama de imágenes
que confluyen en dibujar un sujeto
padre-hijo-madre-abuelo-tierra-reino, voces varias de la memoria; voces
que hablan con la muerte. Voces que existen mientras dure ese efímero
soplo de existencia que llamamos vida. El poeta elabora un proferimiento
lírico que se nutre de los sucesos guardados en la memoria y que los
vuelve en sujeto lírico en estado de «ensoñación» en el sentido
terrígena del término: un sueño en vigilia que es rememoración
de hablas de los vivos y muertos quienes «participan» de una
conversación que cruza los límites temporales y territoriales de manera
que la memoria del ayer, la visión de lo lejano y la observación
de lo presente en el aquí y el ahora se tornan una rebasada
trama que no admite separaciones ni delimitaciones entre lo real y lo
irreal por ejemplo.
Después de haber dejado claro que el objeto de la poesía de Bedoya
no es lo evidente ni lo anecdótico, sino algo más profundo al
parecer, el abuelo materno pasa al tema de la forma en que se
expresa la poesía del autor moqueguano; específicamente se ocupa de sus
símbolos.
Propone «hacer una clave de ellos y leer todo el libro ganador del
Cope Internacional 2011, como un nuevo diccionario» el que debemos
tener del padre, de los abuelos, abuelas, etc. «El libro de las
sombras», como elemento lírico, dice, en su dictamen el Jurado
Calificador: «Tiene la potencia de la prosa poética, como lo
dice el poeta: tiene rasgos envolventes del lenguaje y el
tema que tiene que ver con relatos fantásticos rescatados de
una rica tradición de la oralidad moqueguana-puneña». Añade en
una entrevista, que le hicieron en torno al Premio… «como varias
poéticas contemporáneas, en este libro también hay indicios de una
hibridez, no solo discursiva y temática, sino también
estilística. «El libro de las sombras» es un eslabón, una parte de un
libro que recién atraviesa las lecturas y pruebas finas, «El libro de
las sombras» vendría a ser sólo el inicio o la parte introductoria del
libro final que ahora corrijo. Tiene, como en la mejor poesía
de Seamus Heaney, un remember de la infancia, de la casa familiar,
de los abuelos, de las cosas que nunca se van a olvidar». El peligro de
entender el símbolo como una «clave» –ya nos advierte el poeta– es que
puede hacernos creer en su «simplicidad», cuando, en realidad,
ellos son ricos y complejos. La posición que me permito ahora,
es elegir al menos un significado posible entre el campo
semántico indeterminado del símbolo y asumirlo como clave de lectura,
con la conciencia de que el proceso de elección implica cierta
pérdida. El resultado de la interpretación que intento, muestra una
«concepción trágica del ser y del destino».
El origen del hombre se remonta a la creación por el Verbo divino, y
su esencia tiene que ver con el reconocimiento de la unidad primigenia;
la existencia actual del ser humano es infeliz porque se ha
apartado de su origen y ha olvidado su esencia; el hombre
experimenta un extrañamiento del estado paradisíaco, porque aún
encuentra vestigios de la antigua armonía. Vestigios que residen,
por ejemplo –y especialmente–, en el sueño, aunque «los sueños
llevan dentro de sí una sustancia suicida: la certeza de su irrealidad»;
y en el ser humano existe la necesidad de recobrar el estado
original de unidad con el universo y el Ser creador. Y la poesía es
una forma privilegiada de alcanzar ese gran fin aun cuando no está
a salvo del fracaso. A mi modo de ver el fracaso al que
está expuesta la poesía proviene de la posibilidad de falsificar el
sueño y de convertirse en embuste, no en una oportunidad de redención.
«Es difícil correr el riesgo –puedo anotar–. Sin embargo el poeta,
desde que es poeta, lo corre. Y eso mismo lo salva». La salvación que
ofrece la poesía es la superación de la existencia particular en que el
hombre moderno se ha sumido, para alcanzar un «ser» universal. Tal
superación de la existencia particular se muestra como un sacrificio y
quizá en ese sentido podamos entender lo trágico que le atribuyo a la
poesía de Darwin Bedoya. Lo puedo describir porque es un gusto leerlo y
lo describo de esta manera: Pero [el poeta] levantándose por
encima de su propia individualidad y por encima de los otros
hombres, habrá logrado una nueva existencia y un nuevo ser: el de su
poesía. En ella, se ilumina y se recrea como poeta, y a la
vez se quema y se pierde como hombre... Aniquilado/revitalizado
el yo, el poeta empieza a «ser», ya no como individuo sino
como «voz» general. Y esta nueva existencia, es tan
enriquecedora «nada repentina", lo recompensa todo. Por ella vale la
pena hasta perder «la paz, la estrella, el aire».
Si me remonto a la antología «Aquí no falta nadie» en la cual no
ignoré la poesía de Darwin Bedoya, por el hecho de nacer en
otros aires –otros lo hicieron, negándole un espacio en la
literatura puneña–, puedo replicar ante ese hecho: «el nombre
de Darwin Bedoya no se puede olvidar impunemente y el tiempo
atestiguará por mí». Hoy, años después de esas afirmaciones,
podernos decir que nadie duda del prestigio que Bedoya ha adquirido como
poeta y que, quizá mucho antes de lo que creí, la poesía de Bedoya
alcanzó reconocimiento oficial e incluso el «halago del
público». Luego de algunos homenajes y recitales en Moquegua y Puno
a los cuales no se ha negado a asistir, hemos visto al poeta sosegado,
pensativo y tranquilo, como siempre suele mostrarse, nos ha hablado de
terminar su libro, es decir, culminar el anuncio que es «El
libro de las sombras», pues, según ha comentado, «El libro de
las sombras» es la parte introductoria de un libro mayor que
pronto estará concluyendo, ya lo hemos oído leer algunos fragmentos.
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Darwin Bedoya, en postal para el recuerdo junto a: Javier Núñez, Walter Bedregal, José Cordova y Gloria Mendoza |
Sirvan estas palabras como un principio de asomo a uno de
los aspectos cardinales de este poemario donde el autor trenza y
narra una mirada penetrante sobre la memoria, la vida, la muerte, la
pasión, el ejercicio poético y toda una significación que implica el
trabajo, el ejercicio literario.
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