jueves, 25 de septiembre de 2008

Aquí no falta nadie







Escribe: José Gabriel Valdivia



Walter Bedregal Paz

Aquí no falta nadie.

Grupo Editorial Hijos de la Lluvia & LagOculto Editores

2008. pp 300

Juliaca-Perú.



Las antologías siempre darán que hablar, porque no son todos los que están, ni todos los que están son. Aunque existen pretensiosas antologías universales, las continentales y con mayor entusiasmo las nacionales, siempre son recibidas no de buen grado. Hasta hace poco creíamos que las antologías locales no suscitaban ningún alboroto, puesto que casi siempre estaban todos los que son y todos los que son estaban. Pero la que reseñamos, ha sido petardeada desde todas las ínsulas lacustres, aun por los propios antologados. Y ello, según el autor, está bien, porque así declaran la existencia de su trabajo ante el registro civil literario.

La vanguardia, gran predicadora de lo nuevo que hoy sabe a antiguo, empezó a publicar sus Nuevas Poesías para instalarse en el continuum de la praxis poética. Recordamos la de Borges, Huidobro e Hidalgo. En el Perú, posteriormente, Eielson, Salazar Bondy, Sologuren, y luego Salazar Bondy y Alejandro Romualdo, hicieron lo propio. Desde allí, cada generación se ha creído con la fuerza y méritos suficientes para elaborar su propia antología: Estos Trece (70) Última Cena, Viva voz (80- Lima/Arequipa), entre las más conocidas. De las últimas hornadas de poetas ya existen antologías y estas han recibido lo merecido.

La poesía puneña destaca en el panorama nacional y americano a partir del vanguardoindigenismo de las décadas veinte y treinta del siglo XX. Las más conocidas antologías que pretenden dar fe de ese momento y de los posteriores, son las de José Luis Ayala, Feliciano Padilla o el trabajo historiográfico de Jorge Flores Aybar. El flamante parnaso de poetas lacustres que reseñamos, ha sido elaborado desde Juliaca por Walter Bedregal y pretende cerrar el siglo XX y abrir el XXI.

Desde el título tiene un espíritu provocador, porque si no falta nadie, las ausencias están demás. Sin duda que esto ha llamado la atención de los puneños y han enfilado contra el libro sus lanzas coloradas. El prólogo de Bedregal es sugerente y osado para justificar la selección de los poemas, desde una lectura intertextual, siguiendo a Gérard Genette, y de una orientación fractal, inspirada en una poética del sueño borgiano.

La esencialidad de la poesía altiplánica peruana va prendida de los dos rieles del ferrocarril del sur. En uno Alejandro Peralta, en el otro Carlos Oquendo de Amat, pero en los durmientes las voces renovadoras de Efraín Miranda y Vladimir Herrera. Sin esta doble perspectiva es imposible comprenderla y peor aún percibir sus secuencias evolutivas. Es por ello que dentro de la gran poesía peruana, si cabría hablar de regionalidades para interpretar la escurridiza heterogeneidad, hay tres grandes fuentes: La limeña, permanentemente alimentada por soñadores provincianos, luego la arequipeña y, finalmente, la puneña. No sólo por la cantidad de poetas sino también por la calidad de los escritos. Y esta antología, de pulcra edición, lo demuestra con suficiencia y sin extrapolaciones.

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