lunes, 18 de octubre de 2010

Huesos y pájaros de angustia: Códigos identitarios en la poesía de Boris Espezúa

por: darwin bedoya


No puede repasarse la trayectoria poética de Boris Espezúa Salmón (Puno, 1960) —y tampoco entender de manera cabal sus poemarios— sin dejar de lado, ni siquiera de manera muy brevísima, el papel que representan en ella la vanguardia (Considero signos de la vanguardia, por ejemplo: el fragmentarismo, allí donde no se cuestiona la noción de integridad; a diferencia del poema surrealista o futurista o ultraísta, el fragmento parece emanciparse de la totalidad. Cada verso parece tener independencia respecto del conjunto. Además son notorios ciertos rasgos, por ejemplo la leve presencia de Freud y el psicoanálisis, pues debido a ello se pone en relieve un método para abordar los sueños y los actos fallidos del sujeto; es decir, el lenguaje adquiere un papel fundamental. Finalmente, lo que se percibe es una, también, leve crítica radical del positivismo: los positivistas decimonónicos creían ciegamente en la ciencia; en cambio, los vanguardistas desconfían del discurso científico: los surrealistas creen que la ciencia se equivocó totalmente. En contraposición a la ciencia, los vanguardistas revaloraran los discursos del ebrio, del loco y del niño porque poseen otra lógica y son considerados ostensible manifestación de libertad. No hay que olvidar que en el siglo XX se le asigna un papel fundamental a la subjetividad en el proceso de conocimiento desde el punto de la vista de la ciencia.) y el indigenismo-ultraorbicismo de Churata, los cuales han llegado a adquirir un nivel primordial en el seno de su obra. Más allá de la aparente sencillez de la estructura y discurso de sus poemas; inclusive debajo de la tierna docilidad con que los textos se entregan a la mirada del lector, la obra de BES es producto de un esmerado trabajo que puede considerarse estimable debido a la mesura con que se lleva a cabo. Con la salvedad de sus primeros poemarios («A través del ojo de un hueso», Lluvia editores, 1988 y «Tránsito de amautas y otros poemas», Editorial integral, 1990) y debido a esa proeza de la construcción ensimismada que es «Alba del pez herido», puede notarse en el corpus poético del autor un marcado interés por comunicar la experiencia humana recurriendo a una escritura que logra expresar la sublime poesía de lo universal-cotidiano a través de un lenguaje marcado por la vanguardia, la mesura, la claridad y la lucidez de imágenes.
Se puede reiterar que en la obra de BES coexiste una concepción de un proceso siempre inacabado y en permanente estado de perfeccionamiento. Existe una ruta que BES sigue a cada momento: ir de lo íntimo a lo universal. Sin embargo, bajo esta sutil facilidad de su estilo se oculta un océano de resonancias intertextuales que nos obligarían a revisar los textos de su genética textual; pues hay alusiones a los más diversos pasajes de la historia y una profunda y sostenida reflexión sobre la naturaleza humana y las inquietudes que la distinguen: la preocupación por el paso del tiempo, el dolor ante la progresiva desaparición del mundo en que se ha vivido, la sensación inquietante de no haber hecho lo suficiente para detener la erosión que fue arrasando con todo, la sensación de ser testigo del horror en que se vive. Es la suya una obra elegiaca, conmemorativa, reflexiva, absolutamente carente de complacencias. Una escritura que pareciera erigirse después del derrumbe. Sin embargo, hay un hilo conductor en los ejes temáticos de esta poesía: la nostalgia. «Por estas costas del sur corrían caballos blancos/ el sol doraba sus cueros y cuatro pescadores extendían púrpuras redes de caña al poniente.» (Cuatro pescadores). «Aunque ya no vuelvas, cantarás/ cuando tu sombra derribe tus rutas.» (Continuidad), «He vuelto a las calles, maltrechas que llovieron/la partida, / a la media luz de la casa donde un inmenso sol/ cerró mi endebla infancia.» (Pájaro de angustia), «No sé cuántas veces fui un hueso suertero/ no sé qué destino ni qué origen/nos echaron a roer.» (Dos huesos), «Cuando nos borren del todo las horas junto alas arrugas/ y las nubes corran hacia el horizonte/ nos preguntaremos cuánto tardarán en apoderarse de/ nosotros la inexistencia de los sueños.»
(Nudo desatado).

En la poesía de BES se atisban los síntomas de los grandes sentimientos, pero especialmente las conmociones de un asunto identitario, estos dos coros en su poema «El eco de la derrota» nos muestran esta aserción: «Al son del tambor de piel del anchancho y de la flauta de hueso de piel de puma.», «al son de la tarka de caña oblicua y de la tarola de cuero de chinchilla.», «Es la herida cósmica del Pez de Oro/ desbrozo de fuego y totoras perpetuas/ la que habla desde el lago/ por un grito de tambor de piel de puma besando las albas en piedras eternas/ para conjurar con el tiempo una nueva luz/ y extinguir todas las sombras.» (Alba del pez), «Vivo dentro del lago y en hondura milenaria/ donde la voz de los dioses penetran/ sin mojarse al fondo de lo sagrado» (Monólogo dentro del lago), «Mayo viene con misterios y arrecifes dentro/ de una fe que salpica mixtura y serpentina.» (Las cruces), «El granizo descarga nuestras aguas contenidas/ para regresar con los adioses y enfrentarnos a la adversidad.// Ningún dios se muere si conjugamos junto al fogón/ amasijos de retablos y muros de sueños pircados.» (Reciprocidad), «Por quién sino por ti el signo del continente/ pervive en su lengua germinal y bronca/ deben estas hilachas de arcilla y una raíz/ dorada donde hinchamos el respiro.// Al centro del oro que llora América/ desprendida peleando con los rayos.» (Canto al pez de oro) A veces aflora una extrañeza promiscua no obstante presente y familiar; un «contenido» excluido pero que no cesa de desafiar los límites que lo confinan, que lo expulsan más allá, al otro lado del sentido, del discurso y de la identidad, pero no más lejos de un código que eterniza en un lugar. El discurso de lo innombrable: parece una contradicción, empero, supongo que es algo más –o menos– que un desajuste lógico. Esto supone también que se trata de una estrategia de invasión de aquello que ha sido confinado, y que no deja de desafiar y de resistir, desde el borde de su confinamiento, produciendo marcas y señales en el territorio que había sido recorrido. Pero es que ese territorio sólo se configura si aquel residuo permanece excluido. Es la exclusión el principio que lo funda y lo sostiene. No hay advenimiento del lenguaje sin represión primaria, dicho en términos de Jacques Lacan; no hay, pues, discurso, sin exclusión, sin prohibición, sin confinamiento.

El poeta contemporáneo, entendemos entonces, se encuentra indefectiblemente entre ambos polos, navegando en el océano de lo incierto—y de la incertidumbre. Pero el poeta también se encuentra aquí, como habrá de verse (Tiempo de cernícalo), fuertemente apegado a la realidad, incluso a la más dura. Antes que vanidad, antes que fatuo jugueteo de las palabras, hay en el lenguaje de BES una espontánea humildad creativa. Creo que este dinamismo puede explicar, al menos desde esta perspectiva epistemológica, un fenómeno tan ambivalente y múltiple, tan imprevisible y, contrariamente a lo señalado: violento. Es que esta manera de elaborar el discurso como la práctica poética que desarrolla BES en su trabajo literario, es un asunto que nos conlleva a un territorio que no se configura sino en su desconfiguración. Una zona que no es sino en su permeabilidad y su posición dudosa. Una práctica que no se produce sino en deuda con su propio quebrantamiento, con su propio desconocimiento, con su modo de desnaturalizar los hábitos que la configuran y la identifican. No hay poesía sin vacilación, sin desequilibrio, sin travesía: a esto he denominado una estrategia de invasión; lo que en términos kristevianos, podemos llamar una existencia desposeída de la lengua en la lengua.

La génesis de la poética de BES trasciende el tono exaltado e idealizador con que se llega a abordar la infancia para retratarla como un territorio en conflicto en el que ya se halla el germen de las tensiones futuras. No hay armonía posible en el presente posterior a ese pasado. La simpleza de su poesía no queda incólume luego de transitar por esa selva de desasosiego y pretensiones escurridizas que no es otra realidad que la sociedad de su tiempo. Son el escepticismo y la falta de complacencia tan distintivos en la obra de BES lo que lo hacen decir lo que tantos hemos sentido al mirar hacia nuestro origen: frente a esta realidad quién puede dejar a un lado la nostalgia por un regocijo inmarcesible.

Conviene subrayar, la periodicidad y la contextualización de esta poesía: en el arco temporal que cubre la poesía de los 80 en Puno (Lolo Palza, José Velarde y Alfredo Herrera) y lo que significó «A través del ojo de un hueso» y «Tránsito de amautas y otros poemas», escritos entre los años 80 y 90, es en esta época que el Perú remoza hondamente su tradición poética, y lugares como Puno, no estuvieron ajenos a este aporte con voces como la de este escritor. La poesía de BES posee signos de epicidad y albures y nexos que parten desde «La Ilíada» hasta poetas peruanos (Vallejo, Abril, Eielson, Varela, Verástegui), pasando por latinoamericanos como Huidobro, Borges, Neruda, Paz y latinos como Horacio y Catulo; pero deteniéndose en escritores como Churata, Peralta y Oquendo, también considerando poemas orales, tal vez desde la época de purunpacha, hasta los harawicus, hayllis, aymorais y otros cantares andinos. La poesía de BES se sostiene en un soporte identitario bastante logrado y goza de una arquitectura con raigambres telúricas y broncas amalgamas.

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