martes, 1 de febrero de 2011

[D]uración, de Jorge Solís Arenazas


[D]uración
[D], de Jorge Solís Arenazas. Bonobos, colección
Reino de Nadie, Toluca, 2009.


Rodrigo Castillo



«Ninguna imagen reemplazará la intuición de la duración, pero muchas imágenes diversas, tomadas de órdenes de cosas muy distintas, podrán, por convergencia de su acción, dirigir la conciencia al punto preciso donde se hace palpable una cierta intuición», escribe Henri Bergson en su Introducción a la metafísica. En la novela La tarde del escritor, del narrador austriaco Peter Handke, parece que este enunciado filosófico responde a las necesidades de su autor para lindar los acontecimientos temporales con los sentidos de los mismos, es decir que, a través de los esquemas convencionales de la narrativa, estos elementos presencian la posibilidad de un esquema completamente distinto para representarlos.

Duración y representación. El lenguaje supeditado a la escritura, al acto de habitar los espacios desde una conciencia (re)descubierta, que se realiza por medio de una sucesión de imágenes y no de conceptos. En [D], tercer libro del poeta y ensayista Jorge Solís Arenazas (Ciudad de México, 1981), la representación de la escritura se registra como una exploración estética de la experiencia, que media con el enunciado de Bergson (con «ánimo filosófico», Baudelaire dixit) y con el consumo de sustancias alucinógenas en algún desierto mexicano. Este registro personalísimo, cabe decirlo, intensifica en su totalidad la correspondencia que pone en movimiento a los objetos observados: el ojo y el oído son el medio para que los paisajes se tornen imágenes. El poeta apuesta, en el inicio o arranque de la escritura, que ésta sea sólo un giro hacia otra dirección, no precisamente hacia aquella que «conceptualiza» el lenguaje sino a la que lleva directamente a una «suspensión» del mismo.

Así parece presentarse el libro: como una suspensión donde los espacios emergen gracias a lo atemporal que de ellos se descubre, como una revelación: «Duerme en un pozo el tameme / y despierta jaguar manos arriba». Ese cargador que acompaña a los viajeros no es sino el vínculo que hará que el discurso implique cierto enmudecimiento, la evaporación de los actos más simples son entonces la línea de continuidad que (re)construye el lenguaje a base de una lentitud donde las interrogaciones a la escritura buscan asirse Interroga el día del hijo Muerde el filo de las revelaciones buscando el centro / el grano / la orilla. Otra de las constantes es la precisión con que se enuncian y aprehenden las imágenes —muy al contrario del paratexto donde se dice que «la experiencia es condensada en un lenguaje precioso» (las cursivas son mías). Es a través de la intuición, no de la experiencia, que las palabras conforman la exactitud de la escritura; la intuición, que para nosotros es, sin intoxicación alguna de por medio, pasiva, en [D] se torna exacta, precisa, y no es reflejo de sentimientos sino de una preconcepción intelectual que se vierte al poema: «No encuentra la presencia ni los rastros / No encuentra la respuesta en los racimos / No hay concierto que señale / de cuál norte se desprenden sus esferas».

La aprehensión de las imágenes, única manera que es capaz de sugerir y concebir la duración en la escritura, según Bergson, se refleja puntual:

Lee residuos del vino
sobre la poca hierba —hilo o piedra—:
y a vuelta de página:
la esquirla en su cuaderno
el ojo en periferia

Es así como en [D] la duración tiene una «consistencia» más activa, pero también la parte medular que hace envolvente la correspondencia entre las imágenes y el lenguaje se torna continua en el sentido de que para poder asistir a esa soledad (apartamiento, para no caer en el lugar común) es necesaria la construcción, en este caso horizontal, de la misma duración, al grado de confundirse una con otra. Por eso la velocidad que las imágenes toman de un instante a otro: «dios de dos sodios sodomitas / dios de dos dientes disecados / dios de dios»; «dónde dices deseo durante el día / dónde das detritus del dicterio / desde qué dictum devoras del delito»; «detracción del dedo derruido»; por eso la escritura en el desierto, apartada de los signos cotidianos para intentar, a través de la intuición, su representación en imágenes precisas. Poco importa si [D] es duración en el- lenguaje o es Dios. O es ambos: «Acaso Dios es el acaso / Quizá una letra o el acento del quizá». La concepción de la imagen o las continuidades de la escritura como caracteres acabados, sólidos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario