viernes, 18 de julio de 2008

Rituales de la palabra y de la soledad en la poesía de Alfredo Herrera


Por: Darwin Bedoya

Hace poco leímos Rosario a las seis, cuento de Alfredo Herrera Flores (Lampa, Puno 1965) antologado como finalista en el Concurso de Cuento Premio Copé, XIII Bienal 2004, evento, como se sabe, organizado por PETROPERÚ; al terminar la lectura de Rosario a las seis, primero nos acordamos de una novela escrita por Marco Denevi titulada Rosaura a las diez, Catalayud-DEA Editores, Buenos Aires (1955), luego nos invadió la nostalgia de la poesía de Alfredo, sentimos lejos al escritor de Etapas del viento y de las mieses o Recital de poesía, muy lejano como narrador o cuentista en este caso, y es por eso que pensamos inmediatamente, impelidos por la nostalgia, seguro, en el poemario Mares (Lago Sagrado Editores, 2002-101 pp.), quinto libro en la trayectoria de un poeta puneño que es bastante conocido en el espectro poético nacional, especialmente del sur peruano, no solo por realizar un constante ejercicio literario, sino por una larga cuenta de premios que reconocen su trayectoria poética.
Si la brevedad coloquialista de los años 70, en alguna medida, era reacción al discurso épico de los 60, la variante de la nueva poesía que proponía el coro de nuevas voces de la poesía peruana fue de orden relevante en el sentido de la innovación y las propuestas estéticas, como por ejemplo los de caracteres temáticos y lingüísticos que trasladaron al ritmo urbano los sucesos, imágenes y estancias poéticas; en nuestro espacio, los poetas de Puno y por extensión los poetas de Arequipa donde Alfredo compartió versos con las diversas agrupaciones y ediciones de revistas literarias (Eclosión, Polen de letras, La gran flauta, Ómnibus, Estigia, Claraboya, Escritos, Ayahuasca, etc.), fue en este espacio de intenso ejercicio en el que Herrera alcanza un nivel escriturario de rasgos considerables junto a poetas como Lolo Palza Valdivia, Carlos Tapia, José Gabriel Valdivia y otros; mientras en Puno en los mismos años 80 harían su aparición Boris Espezúa, Pacha J. Willka (Alberto Cáceres) y José Alberto Velarde.
Frente al discurso de los años precedentes, los poetas de los 80 propusieron la poesía conversacional-lírica que en Hispanoamérica se cultivó con furor en esos años y que recientemente ha ido matizando sus fórmulas. A la larga se vería que esas proposiciones no se aceptaron de manera unánime y voces que se alzaban por primera vez no repetirían el gesto de integrarse en grupos. Hubo poetas que llevaron más allá el discurso de la brevedad -acompasado siempre del tono conversacional y lírico- abierto por sus antecesores, así como otros se iniciaron en las búsquedas ontológicas, constructivistas, de cinetismo verbal o nocturnas que en cierta medida se fue asimilando y, además, constituyendo en el lugar desde donde se escribiría una buena colección de poemarios que no harían otra cosa que confirmar esa explosión poética de los años 80
El periodo de los años 80 estuvo compuesto por obras fascinadas por los espacios intertextuales, que incorporan al poema referencias múltiples, el hondo lirismo, el yo poético, el viajero, el geográfico, especialmente el telúrico, que no desdeña la máscara al reconocer la tierra oriunda y todo el relieve en su impronta poética. El aporte de las voces de los 80 a la poesía peruana ha sido fundamentalmente el ensanchamiento de los campos de trabajo, el enriquecimiento de los puntos de vista y de los usos, así como un aguzado sentido crítico si tomamos en cuenta a otras voces, tal vez mayores. Pero la década aludida, como sabemos, no se define por limitarse a un credo, sino por la ampliación del repertorio expresivo del que disponían los poetas jóvenes de entonces. Esa riqueza es aún palpable y explica el vigor cada vez mayor del género en este país, y sobre todo en este lado sur del Perú.
El caso de Alfredo Herrera y el poemario Mares que es el que nos convoca, merece una especial atención en el contexto mencionado, es que Mares es la definición de la voz y la técnica poética de su autor. En Mares, la implícita tristeza del recuerdo se entrelaza con la despejada alegría del ensueño y la soledad; si comparamos este texto con los libros precedentes Montaña de jade o Elogio de la nostalgia sentiremos el pulso de la misma energía vital, la siempre sensibilidad, el metaforismo original y la elaboración de un verso casi despojado de simples figuraciones. Pero aquí, en Mares, aparecen con más frecuencia e intensidad poética la ternura en sus polivalentes motivos, aquella ternura humana que con tanta persistencia es visitada por las oleadas de la técnica que ruidosamente penetra tratando llegar a los entresijos más recónditos de nuestra existencia, como se podrá leer en la tercera parte del libro titulada Crónica de la soledad y la palabra, allí se podrán percibir los rituales de la soledad y de la palabra: nuestra casa no tiene paredes, es una gran ventana. De tu nuca se desmorona un árbol infinito. Entre un incendio y tu sombra florece una línea, gira una curva, y es el vuelo de un ave. Mi pensamiento pesa como un latido. No son imágenes. Es la palabra. El poema. (90) La disposición del poema en prosa es también un ritual, pero que siempre alude o canta a una musa, como en los otros espacios del poemario.
Con el riesgo de unificar la obra, tal como sucede al sintetizar, podríamos hallar como motivo común precisamente la preocupación por conservar el halo elegiaco, la voz lírica en el entramado que otorga el tema de la ausencia y la ternura, la cual con su poderoso encanto, en la vida moderna dibujada por mundanales ruidos de celulares, motores infernales e imágenes hasta cierto punto obscenas de la TV y el vídeo casero o pirata que pululan como enjambres por doquier; en este espacio, esa infinita ternura vestida de palabras y música ensoñadora sólo tiene un objetivo: sobrevivir, existir como una luz en la oscuridad, existir como poesía. Tal vez por eso el poeta añora la soledad o reclama a la soledad, trata de permanecer en constante ejercicio, y es que no es por casualidad que las cinco partes que integran el libro estén vinculadas entre sí por una línea blanca, la de la ausencia y la nostalgia. Por ejemplo en la parte inicial titulada Mares, es posible percibir el canto a Megube, habitante del mar, mientras que en la segunda parte Retrato hablado, también se puede hallar a otra musa llamada Pilar. Y, en Poemas sin título, se puede notar el cansancio en el camino, el canto retenido y llano. Finalmente, en las dos partes finales del poemario, Crónica de la soledad y la palabra y Cubo (cuarto de los espejos) se dé una mayor exigencia el poeta pues esta aspiración a la soledad no es un objetivo en sí, ni deseo de aislamiento, sino de conservar su voz propia -aquella que ya conocíamos en Elogio de la nostalgia, además de la arquitectura, por supuesto- la voz de la individualidad creadora. Porque, como sabemos, el que no haya podido encontrarse a sí mismo, tampoco podrá encontrar a los demás, no es por una cuestión de azar que se busque a los demás, más bien es una pequeña irrupción a las alegrías, a los campos inmensos de la poesía misma: ¡Relámpago! Soledad. Una palabra, como una iluminación. Las manos calladas. El reencuentro inminente. Momento cruel o miseria que se susurra o aroma que estalla. Las otras palabras son heridas o espejos que se divierten y se repiten. No hay prisa, sin embargo. No se deshoja el aire, el bosque. No se advierte aún tu perfil. (75).
Tampoco es por casualidad que en este ciclo del libro, Crónica de la soledad y la palabra, uno de los más logrados, se pueda ver el lujo de la palabra trabajada, el ritmo y la metáfora con que se invoca la ausencia y la soledad; incluso en el hecho de palpar el recuerdo, de percibir la precisión y la manera de proponer un nuevo rumbo a la poesía escrita.
Mares, es la expresión típica de estados anímicos existentes en la poesía contemporánea, a los que nos estamos acostumbrando, y en estos estados de ánimo, es necesario también mencionar algunos excesos del autor de Mares, como por ejemplo el yo poético en su romanticismo extremadamente notorio, la exaltación reincidente de Oquendo y los deslices en la artificiosidad que resquebrajan el libro. Pero en líneas generales, Mares se distingue nítidamente por su frondosa vitalidad y la imponente elasticidad de los versos, expresión de la visión nueva de una poesía que emerge con rumbos propios e ímpetus renovadores que alumbran los pasos de la poesía moderna, a pesar de las ausencias, de los secretos, de la poesía; porque en el verso nada se conoce de nuestros amores, como reza Ariwara Narijira en el epígrafe

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